Los Akanikas Negritos de la Región Atlántica
Ilustración de un Zipe. Imagen con fines ilustrativos, por Hans Kabsch Vela. En: Estanquillo's blog. (2 de noviembre de 2014). El Zipe. En: https://estanquillo.wordpress.com/2014/11/02/el-zipe/
Información de contexto
Yo no sé si los duendes de ustedes son los Akanikas de nosotros, o los Akanikas de los negritos son los duendes de los blancos, pero lo cierto es que estos diablitos son terribles y en sus fechorías no le van a la zaga a los otros, si es que acaso no son la misma cosa.
Y para que usted no lo ponga en duda, le voy a relatar la siguiente historia:
Muy antes de irse de la región Atlántica al pacifico la Compañía Bananera conocida por la United Fruit Company, ocurrieron en la zona de la Estrella ciertos sucesos inexplicables atribuibles a los Akanikas, que pese a los muchos años transcurridos, todavía no deja de ponerse la carne de gallina al solo recordarles.
Quien tal relato me está haciendo es un negrito muy anciano de la ciudad de Limón conocido por Conrad Rodgers. Estamos sentados en el corredor de su casa. Para atender la conversación ha dejado su dedo pulgar metido en la Biblia señalando la página que estaba leyendo antes de mi llegada, en tanto que sus espejuelos, cabalgando sobre su nariz roma, parecen dos chapas plateadas en su frente con una creación fantástica ocultando su miopía.
Mister Rodgers en buen castellano continúa después de hacer una pausa:
Primera muerte
El primer caso sucedió así: un domingo por la tarde se presentó imprevistamente en mi casa un individuo de "raza" (negra) muy asustado, que antes de caer al suelo me dijo tambaleante: "Creo que vienen para acá, cierre la puerta."
Como Angus era un poco mentiroso, creí que simulaba un ataque y sin darle importancia me levanté del asiento y miré por la ventana hacia donde se internaba la ronda del camino por donde él había venido y no ví nada. Llamé a uno de mis hijos y como todavía permanecía en el suelo lo levantamos, quedándonos espantados porque el hombre estaba muerto. Le miramos la cara y allí estaba impresa claramente la imagen del terror.
Uno de los curiosos que llegaron, al verle comentó alarmado en voz alta: "Angus parece que hubiera visto el mismo diablo."
Poco rato después llegaron la autoridad y el médico de la Compañía, el cual diagnosticó que el sujeto había muerto de un ataque del corazón.
Segunda muerte
Pasó un tiempo largo y ya casi había olvidado aquello cuando vino a mí el informe de otro suceso parecido en el ramal de Indiana. Únicamente que esta vez el caso se repitió en un latino. Examinado por el doctor, este notó que el cuerpo del muerto presentaba ciertas magulladuras, como si antes de caer exánime hubiera sufrido una paliza tremenda. Aunque intrigado, volvió a diagnosticar que el sujeto había fallecido del corazón.
Tercera muerte
El tercer caso ocurrióle a un "gringo" venido a menos en favor de la Compañía, debido a sus constantes borracheras. Era un mandador yanqui y la Bananera quiso averiguar el motivo de aquel asombro siniestro ocurrido dentro del platanar.
Investigación del caso y expulsión de los “Cinquit”
Alguien supuso que aquello podría ser atribuido a un tigre o a un danto y entonces se dio una fuerte batida con magníficos cazadores y perros y nada se encontró, poniendo a todo mundo en conmoción.
Como aquello también era insólito, la mente de muchos se puso a conjeturar y no faltó quien echara la culpa a la secta "Cinquit" (sinkit) y las altas autoridades de Limón exigieron a la Compañía que destituyera inmediatamente a quienes se les comprobara la comisión de un delito diabólico de tal naturaleza. Por esto muchos negritos de origen africano, miembros conocidos de la asociación, sufrieron su chubasco de adversidad en la cárcel o fueron echados del país.
Culebras en la ropa
Pero los labios delatores de los Cinquit, la secta religiosa que solía inmolar en sus creencias víctimas humanas a decir de las otras que los adversaban, tuvieron su revés al comprobarse otro caso de naturaleza parecida. Uno de tantos borrachos, de esos que frecuentemente caían a la sombra de una de las matas de la plantación, que venía haciendo zetas en el carril fue la nueva víctima. Al despertarse de la embriaguez se encontró con una docena de culebras venenosas metidas entre la camisa y enrrolladas en los brazos. Casi se muere del susto. Las serpientes estaban dormidas o indefensas y el hombre salió ileso de una mordedura, no así de los nervios que casi se muere de eso en el hospital de Limón.
El susto de Aleja
Y para concluir los casos voy a contarle el siguiente:
En una de las fincas de la Compañía todos los sábados solía poner su mesita de venta de tamales y café una mujer guanacasteca bastante mayor pero todavía robusta, debajo de unos árboles de la plazuela, y aconteció que una tarde estando lo más apurada soplando con un sombrero de palma el fogón, tuvo la impresión de que alguien se le acercaba por la espalda, como para hacerle un daño. Se volvió inmediatamente y vio con sorpresa que junto a ella estaban tres niños negros, a los cuales les brillaban los ojos de muy extraña manera. La mujer gritó y cayó al suelo, de donde la recogieron unos vecinos.
La gente creyó que lo de doña Aleja era viejera y no le dio importancia, quedando a cargo del negocio su sobrina. Pero el asunto no estaba terminado y dos horas más tarde, estando calentando unos tamales una mano invisible le tiró un cubo de agua al fogón apagándolo, y al volverse furiosa para ver quien le había jugado aquella broma tan pesada no vio a nadie. Miró a las ramas del árbol que le daban sombra y tuvo la sensación de que entre el oscuro claro de la arboleda unos sujetos casi invisibles en lo alto se estaban riendo de ella. No pudo más y salió huyendo a explicar a unos individuos que estaban conversando a poca distancia lo que le había ocurrido. Un poco nerviosos vinieron a constatar el dicho de la muchacha y encontraron que el fogón estaba ardiendo y por ahí no se advertía alguna novedad. La mujer se quedó y para no darse por vencida se puso a hacer otros oficios. Pero Ia cosa iba para largo, en el momento en que iba a sentarse vio volcarse la olla de los tamales y presurosa corrió a levantarla, siendo en vano todos sus esfuerzos por el enorme peso que parecía tener en ese instante la cacerola.
Aquel lugar parecía embrujado y asustada dio un grito de terror cayendo al suelo. Acudieron los vecinos y como ya se había repuesto doña Aleja, volvió a ponerse al frente del negocio y precavida y todavía nerviosa pasó la mesa y los demás utensilios al otro extremo de la plazuela, donde se instaló debidamente.
Al día siguiente por la mañana doña Aleja colocó otra vez su mesa a fin de terminar la venta y cuando todo marchaba bien, he aquí que vuelven a suscitarse los inexplicables hechos del día anterior.
Abandono del poblado
En los momentos en que unos clientes se iban a servir la primera cucharada de los tamales, una mano invisible les echó un poco de tierra en las hojas del plato. Como ya estaban al tanto de lo acontecido, se levantaron de sus asientos y salieron huyendo espantados, volviéndose risible el caso cuando se les vio forcejando y tratando de sostenerse los pantalones que manos invisibles parecían interesadas en bajárselos. De todos los grupos de gentes que se encontraban por ahí salió instantáneamente la carcajada. El espectáculo era cómico. Sudados y aterrorizados los hombres lograron ponerse a salvo y entonces se dieron cuenta de que les habían cortado la faja y arrancado los botones de la jareta.
Ante el diabólico fenómeno todo mundo evacuó el poblado quedando sola la finca y la Compañía no tuvo otra alternativa que aceptar el abandono, porque de otra manera la gente asustada como estaba y supersticiosa, la hubiera quemado.
Más de tres meses estuvo así la finca, pero como eso le causaba mucha pérdida y no poco trastorno en los planes de producción intensiva de banano, la Compañía ordenó el retorno de la peonada y los jefes. Pero la orden quedó en el papel.
Premio de la U.F.C.
Nadie hizo caso y entonces la Compañía procedió a obsequiar un premio de doscientos colones a las dos primeras personas que se atrevieran a entrar a la finca y dormir allí la noche. También les ofrecía otras garantías.
Yo trabajaba por esos días como conductor de un carro-motor y como tal se me dio orden de llevar a la entrada de la finca dicha a los primeros individuos que se atrevieran a entrar a ella. Yo no soy cobarde, pero la verdad es que nada ni poquito me gustó el encargo. A fin de cumplir el mandato se me situó a una milla del lugar, tener encendido el motor y no discutir con nadie el uso del vehículo inmediatamente que algún particular lo requiriera.
De esta manera estuve varios días haciendo esa guardia, hasta que no se presentaron los famosos hermanos. Silas y Mauricio Perretier, dos antillanos muy fornidos y hombres de pelo en pecho, capaces hasta de hablarle al diablo y conversar con él.
Antes de subir les hice tomar unas copas de cognac y con el miedo que me corría por todo el cuerpo me dispuse a entrar a la zona peligrosa. Tres minutos después paraba frente a la entrada; allí bajaron en silencio y traspusieron el cercado con sus sacos de ropa al hombro.
Por un si acaso, esperé quince minutos oido atento avizor, dispuesto a embarcar los hombres y salir en estampida, pero como no se presentaban, intrigado y curioso me bajé y silbando para darme valor abrí un portillo entre las matas del cercado y miré. Como no se veía nadie me metí y fui caminando despacito pero sin dejar de silbar. Había un silencio de muerte y el montazal de la plaza se había tupido. Con mi miedo a cuestas seguí caminando, tratando de escuchar el más leve ruido, pero nada. Miré hacia los árboles y nada. Más confiado me dirigí al edificio donde estuvieron instaladas las oficinas del Administrador. Con sumo cuidado subí poquito a poco la escalera y al llegar al salón del despacho ¿qué cree que vi?
— No me lo imagino.
— Pues nada en particular. Solamente que allí estaba cada uno de los antillanos acostado sobre un escritorio de los grandes, bien borrachos, con una botella de whisky descorchada al lado. Al verme no se asustaron. Les pareció la cosa más natural del mundo.
Más aliviado de mi miedo bajé la escalera y volví al moto-car, encontrándome la sorpresa de que allí estaba impaciente un enorme montón de gente, a la expectativa, esperando el resultado de los acontecimientos. Al verme de vuelta, la multitud se alegró y comenzó a vitorearme, elevándome a la categoría de un héroe popular.
La Compañía Bananera me hizo también partícipe de otro premio obsequiándome otros cien colones y a los antillanos les dio el dinero prometido y lo que pidieron, obteniendo ellos los pasajes de un viaje de paseo a su país de origen, la bonita isla de Guadalupe en el Caribe.
De cómo se deshicieron de los Akanikas
Intrigado, antes de subir al barco que los había de llevar a su patria, les pregunté que si aquel día de su entrada a la finca embrujada habían sentido algún miedo y entonces me contaron el secreto de cómo habían logrado penetrar en ella y que no les pasara nada sobrenatural. El secreto consiste —decían ellos— en que lo vean a uno descorchando una botella de licor e invitarlos a tomar con uno, y cuando los Akanikas están bien tomados, tirarles encima las páginas sueltas de una Biblia sagrada y ponerlos a leer uno de los versículos. ¡Amigo! Salen del sitio donde asustan como un cohete para no retornar jamás.
Esos hombres sabían mucho. La magia negra no tenía secretos para ellos.
Los Akanikas son una especie de duendes de color negro y pelo ensortijado que sin ser el mismo diablo, sí son una manifestación de su espíritu de maldad y humorismo. Yo he supuesto que vinieron a Costa Rica siguiendo la huella de las primeras inmigraciones negras del Africa, cuando la United Fruit Company inició la importación de braceros para sus enormes plantaciones de banano.
Los antillanos, que ya sabían mucho de ellos les dieron su medicina y eso fue todo.
Así concluyó el relato del negrito Conrad Rodgers. Verdad o mentira, sean ustedes mis amables lectores quienes le pongan puntos a las íes. Por mi parte juzgo que en estas cosas lo mejor es… callar.
Fuente:
Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses, 2 ed., pp. 287-291. San José, Costa Rica: Imprenta Tormo.
Anexo
La siguiente leyenda no los menciona, pero tiene similitudes interesantes:
Mírame las uñitas
Por donde lo vieras, la barriada de "La Colmena" siempre era peligrosa. Era el lugar más movido del puerto y a la policía no le caía bien. El Comandante Araya siempre ponía a tres gendarmes fijos, pero en ciertos días como los sábados y los domingos, ni un destacamento podía con la cantidad de broncas (peleas) que al calor de la cantina del Cholo Santos se armaban a cada rato.
Además, los pescadores de perlas, que al volver de cada viaje venían a gastar la plata en fiestas de todo tipo, y ya borrachos se ponían bien difíciles por lo fuertes que eran, hacían peligrosa la chamba de la policía. Muchas veces pasó que una bronca tremenda empezaba en “La Colmena” y el relajo seguía hasta la otra esquina, donde había otra cantina menos famosa, pero donde también se tomaba y había un montón de gente agresiva con ganas de pelear.
Y había que ver entonces los apuros de la policía y los de las pobres vendedoras que ponían sus mesas de comida y golosinas en toda la calle a la orilla de la acera. Ni siquiera los acordes suaves pero melancólicos del Tamborito calmaban eso. ¡Qué tiempos aquellos!
Y doña Lenchita tomaba "juego" y seguía con su relato interesante. Pues bien, y aquí viene la parte que más me interesaba contarles, tanto alboroto y tanta desmoralización tenía que tener un castigo del Cielo. Un jueves, como a las diez de la noche, encontraron el cadáver de un desconocido que tenía pintada en la cara toda una escena de terror.
— ¡Qué vería! —decíamos todos— porque tanto yo como la Pichú, la Camilona, la Chiricana y la Contentillo, teníamos nuestra mesa por donde encontraron al muerto, y vimos que tenía los ojos como locos y una mueca igual en la cara.
Casi todas hicimos la señal de la cruz. Parecía que había visto al diablo en persona. A los días, cuando ya casi se había olvidado eso, la policía encontró a una mujer, por la boca de Las Playitas, que tenía pintado en la cara el mismo terror que el anterior. También había muerto de repente.
— Yo les digo que yo he sido muy valiente, pero eso me puso nerviosa. Además, ya en la barriada se empezaba a decir que después de las diez de la noche asustaban por los alrededores. Hasta mi marido, que en paz descanse y que mis palabras no le hagan ruido porque era un gran "hechao", estaba dispuesto a trabajar para que yo no volviera a poner la mesa. Con esto les digo todo, para que vean que no miento y se den cuenta del miedo que estaba «cundiendo» por ese lado.
Esto hizo que por casi un mes eso se normalizara y el movimiento bajara. Después de que terminaba el tamborito, las vendedoras nos íbamos para la casa y al rato nomás se oía el paso de las carretas de café que venían del interior y buscaban uno de los lugares donde pasar la noche, y eso era todo. Un silencio de muerte invadía el resto de la noche, excepto los ladridos de los perros y el maullido de algún gato en los tejados.
Pero en realidad la fiesta apenas había empezado, porque después fue terrible. Un policía que hacía su ronda por la esquina de Las Playitas había sido asustado, y poco antes de quedar muerto solo pronunció estas palabras: "Los negritos". A los días cayó un Sargento y otro día otra mujer de mala vida. El señor Cura creyó oportuno hacer una predicación en el púlpito un domingo y hacer referencia al caso raro que estaba pasando en Puntarenas,
"Advertencias del Cielo"— decía—para que la gente descreída vuelva al temor de Dios, y sepan ser más cuidadosos en su forma de vivir.
Los más valientes le sacaban a la noche por el barrio de La Colmena, y la gente que vivía por el lado del Matadero, y que tenían que caminar hacia Pueblo Nuevo, hacían sus diligencias temprano pa' no tener que pasar por la calle esa a la hora peligrosa. Pero la cosa cambió de lugar.
El Ñato Morales, que era un hombre bien valiente y como inspector de Policía tenía que hacer su ronda de la Estación nueva del Ferrocarril a la Y Griega, lo recogieron examine por el matadero los polis de la línea. Lo llevaron al cuartel y lo vio el doctor Bonnefiel, y se dieron cuenta que lo habían asustado. El doctor le hizo "su terapia" y después de un montón de horas luchando con él, lo logró revivir y que pudiera hablar.
¡Y hay que ver lo que contó!
Decía, y todos lo escuchábamos con mucha atención, que, estando parado en la esquina del rastro, vio pasar a dos chiquillos de color hacia el suiche, y que al llamarles la atención por lo tarde que andaban en la calle, el mayor lo miró y le mostró las manos y le dijo: ¿Mírame las uñitas? Eso era tan raro que se quedó mirándolo y vio con horror que los ojos del chiquillo brillaban con un resplandor rojizo y había algo bien feo en los dos.
Él no era muy creyente que digamos, pero una señal de la cruz cualquiera la puede hacer en un momento de peligro, y hasta rezar tartamudeando un Padre Nuestro. Y en ese momento el Ñato Morales eso fue lo que hizo, echando a correr como loco más de cincuenta varas, y sin voltear la cabeza. De los negritos él no volvió a saber más, ni de lo que pasó después. Cuando volvió en sí, estaba en el Hospital y tenía al frente al doctor y a su Coronel.
Aquí terminó la abuela su cuento.
Los pocos que la oíamos nos quedamos callados y hasta en shock. El rezo de ánimas ya había terminado y había un poco de nervios en el ambiente. Una mujer y una chiquilla dijeron que ellas no se iban a dormir. Un muchachote gritó que a él no le daban miedo esas historias de fantasmas y diablos... Yo me quedé pensando.
¡Leyendas que el tiempo no logra borrar de la gente y les va poniendo cada vez más fantasía! ¡Leyendas y supersticiones de este viejo y querido Puntarenas, que desde chiquillo vengo escuchando! Ojalá que plumas menos humildes que la mía y mojadas en la tinta vaporosa del más rico colorido, las saquen del viejo cofre de los recuerdos, para que sirvan de manjar y deleite de espíritus selectos que les gustan estas cosas bonitas que la fantasía popular tejió con arte.
Fuente:
Rodríguez-Gutiérrez, R.A. (1950). Costa Rica de ayer y hoy, abril-mayo n. 2 (2 y 3), páginas 30 y 33. En: https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201950/b-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.2%20abr%20-%20may%201950_Parte2.pdf#.Y45YPnbMI2w
https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/revistas/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy/costa%20rica%20de%20ayer%20y%20hoy%201950/c-Costa%20Rica%20ayer%20y%20hoy%20%20no.2%20abr%20-%20may%201950_Parte3.pdf#.Y450-3bMI2w

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