El indio de las candilejas

 El indio de las candilejas


Por José Guillermo López Salazar

De su libro inédito [hoy édito]: "Caminos de mi Patria".


Al Noroeste de la ciudad de Heredia, siguiendo la carretera que va al Volcán Poás, y cerca del poblado de Birrís, se localiza una hermosa hacienda cultivada de café, y allí, en amable caramadería, se halla un grupo de personas acampadas al norte de río Porrós, a la vera de una quebradilla, bajo el azulado cielo de una noche de verano.

Tocóle en suerte tomar la palabra, para disertar sobre cualquier tema a propósito, en medio de aquel concurso de chistes, versos y comedias improvisadas, a un joven alto, grueso, cuan largo es, y con su hablar de aguacero tendido. Y, así comenzó su historia:

"Hace muchos años, unos cuatro o cinco siglos —yo no había nacido— y todavía los españoles no habían llegado al interior de nuestro país, existía aquí mismo, en esta misma zona, desde Heredia hasta el Volcán Barba, una tribu india —no eran turistas como nosotros—, posiblemente una rama de los güetares o de los votos que se esparcían al Norte del Poás, hasta el Río San Juan. Como era costumbre entre los indios, el cacique era el Jefe Supremo y permanecía en su palenque ejerciendo sus actos de gobernante, y era el amo y señor de sus súbditos. Existía, como en todas las tribus, el hechicero, que, en este caso, se llamaba Nandú. En noches de luna, como ahora, a la sombra de los árboles centenarios, se reunían los guerreros y formaban un círculo alrededor de una gran fogata, entonaban sus monótonos cantos en honor de los dioses del agua, de la luz, al Padre Sol, y ofrecían sus ritos y ceremonias que terminaban en borracheros de chicha. En ese entonces no había Resguardo Fiscal.

Sucedió que una de tantas de esas noches de parranda, el cacique tuvo un seno disgusto con el hechicero, a con secuencia de lo cual éste quedó mortalmente herido. Antes de expirar, el hechicero lanzó una terrible maldición sobre el cacique y la tribu, diciéndole: "Tú, y tus hijos vivirán de la sangre de los hijos de esta Tribu, mientras exista y aún después". Pasó el tiempo, y llegaron los españoles, que no hablaban inglés como en las películas. Encontraron que en esta zona no habían enfermedades tan comunes entre los indios, y por ello, extrañaron el caso del cacique, joven fuerte, ágil, quien iba perdiendo fuerzas y debilitándose en exceso. Mostraba sí, sobre el cuello, tres puntitos, como picadas de mosco. Pusiéronse en sigilo a fin de averiguar la razón de ese estado de ánimo y de salud de su Jefe, y con la ayuda de los españoles, decidieron ocultarse y vigilar en horas de la noche. Antes, como ahora, en este mismo sitio, sobre esta misma piedra, en ese lugar en donde están Ustedes sentados, —(algunos vuelven a ver curiosos el sitio en que están)— estaba el palenque indio y entre la espesura del follaje, se veían las candilejas, como ahora. 

Los indios, a la espectativa en medio del frío de la noche, cuando la luz de la luna ya estaba en el cenit, en los árboles y en todo, reinó un silencio sepulcral. 

Los guerreros, desde sus escondites, notaron con asombro, que de aquí, de allá y de más allá, como reunidas al conjuro de un extraño sortilegio, se fueron juntando todas las candilejas hasta formar un cuerpo humano con su cara luminosa. 

El espanto fue grande, cuando notaron que aquel cuerpo etéreo y aquella cara, era nada menos que la del cacique a quién Nandú le había proferido su extraña maldición. Su cuerpo, como una masa gaseoso, se mantenía en suspenso. (Algunos de. los presentes vuelven a ver con recelo hacia atrás). Así, pues, aquella figura caminó hacia el palenque y atravesando sus paredes, se posó cerca del joven guerrero, quien dormía profundamente. Aquella fantasmagórica figura se inclinó sobre él cuello del guerrero y luego, salió en la misma forma como había entrado. Los indios notaron al día siguiente, que sobre el cuello de su Jefe, existían los mismos puntos como piquetes de mosco. 

Decidieron hacerle una emboscada al extraño personaje, y colocaron una trampa, de modo que, al retirarse del palenque, el cuerpo del fantasma, al caer en la trampa, recibió el impacto de certeros flechazos. A la mañana siguiente los indios recibieron una tremenda emoción: los cuerpos inanimados de sus tres más famosos guerreros demostraban, sangrantes, las heridas producidas por los flechazos que recibiera el extraño personaje. 

La tribu, en masa, resolvió hacer algo más en serio: prepararon flechas especiales, conteniendo esencias mágicas, y con plumas de aves sagradas. Llegó la noche, otra vez la figura dantesca absorbió la atención de los valientes, que bastantes atónitos, contemplaban este cuadro mágico. Al retirarse del recinto real, recibió de nuevo otra lluvia de flechazos y se escuchó entonces un grito horrible, como de bestia herida, y entonces, aquellas diabólicas lucecillas se esparcieron en todas direcciones, penetrando en todas las chozas de los indios, provocando incendios, y arrasadas por completo, tuvieron que abandonar el lugar, y luego, víctimas de las fieras, de las serpientes y de las enfermedades, la tribu toda desapareció totalmente. Vinieron luego las corrientes de lava del Barba, y aquí, en este sitio, a muchos metros de profundidad se encuentran las ruinas y los huesos petrificados de muchos indios. Hoy día, se cuenta, que los espíritus de esos indios vagan en forma de candilejas, de filosos dientitos, de nariz chata, y viven en la oscuridad, alimentándose de la sangre de seres humanos y de la de los animales. He ahí la maldición del hechicero: Tú y tus hijos..." 

La luz de la hoguera apaga sus fúlgidos destellos y algunos presentes, disimulando su temor, se acercan en torno del narrador, quien con mirada penetrante y gesto altivo, señala las terribles candilejas que brillan alrededor. La luna brilla en el cenit, y más de uno vuelve a ver, con mirada de angustia a su alrededor.


José Guillermo López Salazar


Fuente: La Prensa Libre. 22 de junio de 1964, p. 28 (6 de la Parte 4 en el sitio web del SINABI, primera del pdf): El indio de las Candilejas 



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