El cementerio maldito de Talamanca

La misteriosa Talamanca

Zona de superstición - Un enorme cementerio


Por nuestra natural curiosidad y el deseo de recoger material diferente para la elaboración de reportajes, decidí realizar un viaje de exploración a la región en compañía de un amigo, también un voluntario que se nos unió en San Isidro del General y dos guías que contratamos en Paso Real, población ubicada al otro lado del río Térraba que todavía no contaba con el puente que posteriormente fue construido. Por ese motivo para llegar al poblado había que cruzarlo en un bote.

Era el tiempo en que yo le vendía reportajes a La Nación por lo cual el viaje tuvo la finalidad de obtener un buen contenido noticioso. En efecto cuando regresamos bastantes días después, yo contaba con material abundante y de interés. Estos relatos son un compendio de sus contenidos.

Salimos de Paso Real caminando por terreno llano, utilizando caballos que habíamos alquilado en ese pueblo para movilizar el equipaje y después de algunas horas llegamos a un refugio en la montaña, donde pasamos la noche bien picados por los zancudos.

Al día siguiente regresamos las bestias con el encargado, que nos había acompañado para esa misión e iniciamos la subida por las empinadas montañas con la pesada carga en nuestras espaldas. A partir de entonces comenzaron las cosas extrañas, al caer la noche y ya metido en mi saco de dormir tuve la clara impresión de oir voces como en susurros y murmullos mezclados. Hay que recordar que todo lo que tiene que ver con los indígenas siempre ha sido visto con recelo y hasta temor, relacionándolo con la magia de los "chamanes" o médicos brujos, la medicina extraña y otras cosas poco conocidas. Por todo eso me costó mucho conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, luego del desayuno que prepararon los "baqueanos" (guías), mi compañero se acercó y visiblemente nervioso me dijo: "Paco, vieras que raro. Anoche estuve oyendo ruidos como murmullos y voces extrañas. Casi no pude dormir". Me di cuenta de que yo no lo había soñado.


Un hombre con muchas historias que contar en el relato 

El comerciante, cuyo nombre no recuerdo, nos invitó a unos tragos de ron, que aceptamos gustosos ya que tuvimos la impresión de que guardaba muchas cosas que contar, que generalmente no tenía buenos interlocutores, por lo cual le habíamos caído de perlas. En efecto no nos defraudó. Inició la charla hablando sobre cementerios indígenas que según explicó siempre causan un gran interés: "Existe un gran cementerio, con cientos de tumbas, al que han buscado por docenas los "huaqueros". A pesar de que algunos han logrado llegar a donde esta ubicado, nadie ha podido excavarlo porque siempre ocurre algo misterioso que lo impide".

Hizo una pausa y nos habló más del asunto, como una vez que algunos buscadores de tesoros lograron llegar al cementerio. Como era temprano decidieron cavar de inmediato. Pero justo cuando iban a hacerlo uno de los hombres lanzó un grito: una enorme serpiente venenosa le había clavado los colmillos. La situación se puso seria pues si querían salvarle la vida tenían que partir de inmediato. Dejando abandonado el cementerio con un posible gran tesoro, no tuvieron otro camino que abandonar el lugar a toda velocidad. Cuando volvieron unos días después, no hallaron las tumbas por más que buscaron.

En otra ocasión sucedió algo parecido, pues uno de los buscadores, sin causa aparente, cuando el grupo empezó a usar picos y palas sufrió una fuerte afección intestinal, lo que los obligó también a abandonar el sitio.

"Se trata de un cementerio trágico, sobre el cual pesa una maldición", nos dijo nuestro anfitrión.

La región de Talamanca con sus bosques, pantanos, zonas inexploradas y sus poblados indígenas, siempre ha estado rodeada de grandes misterios que despiertan la imaginación de quienes no la conocen. Voy a relatar algunos sucesos que vivimos durante una gira por esa zona.

En la población de Paso Real - regresándome un poco en el relato - nos hospedamos en el negocio de un comerciante de raza negra, que caminaba manteniendo rígida una de sus piernas, consecuencia de un duelo a machete que junto con su hijo habían sostenido con un indígena. Como resultado de las heridas había quedado inválido. Sin duda el contrincante era un indio bravo ya que sufrió sólo algunas heridas leves a pesar de que tanto el comerciante como su hijo eran hombres altos y fornidos, que sin embargo llevaron la peor parte en la pelea a pesar de enfrentarse a un hombre solo. No tratamos de averiguar el motivo del pleito, pero supimos que el indígena guardaba prisión. Dimos por sentado que el culpable había sido él, pues sus padres - a quienes conocimos posteriormente - nos dijeron que su hijo era "un indio de mala sangre". Por cierto que al conocerlos apreciamos que eran personas de mucha educación, de porte distinguido y muy buen hablar.


Búsqueda del Cementerio

Tal como lo dije antes, el propósito del viaje era explorar la región para lograr temas diferentes para mis reportajes. Como necesitábamos guías expertos, en Paso Real encontramos a dos, a quienes contratamos. Nos propusieron servirnos de "baqueanos" sin cobrar nada y además como cocineros con la única condición de que ellos fijarían la ruta, ya que su idea era buscar tumbas indígenas, pues ellos se dedicaban a la "guaquería" en especial un cementerio muy grande que supusimos era el mismo que nos había mencionado el comerciante de Paso Real. Como nuestro propósito del viaje repito, era buscar temas para reportajes, cualquier ruta nos servía, por lo cual aceptamos la propuesta. El viaje consistía en varias jornadas atravesando montañas empinadas, bosque tupido y pantanos, las cuales culminaban junto a algún río o riachuelo, lo que siempre es necesario para la adecuada provisión de agua. Por las noches encendíamos una buena fogata para cocinar los alimentos y nos calentara del intenso frío que impera en esas alturas y que se intensifica por el viento helado que sopla con fuerza. Un ejemplo de ese frío lo notamos todas las mañanas pues el agua que guardábamos en los baldes amanecía convertida en hielo. Otra experiencia que tuve de la intensidad del frío fue cuando, por la desigualdad del suelo en que tuve que dormir, mis pies amanecieron dentro de la hoguera que habíamos encendido para calentarnos. A pesar de que el saco de dormir era de tela no alzó llama. El frío lo impidió.

Vale la pena mencionar algo que me llamó realmente la atención y fue que aun tratándose allí de regiones en que nunca había puesto un pie ningún ser humano el sentido de orientación de los baquianos era admirable: con sólo mirar las lejanas montañas ellos calculaban con notable exactitud el punto en donde terminaría cada jornada, a pesar de que no se trataba de un camino recto, sino de muchas desviaciones para sortear obstáculos o cruzar los ríos.

Los guias habían fijado previamente la ruta total basándose en su instinto, aunque posiblemente tuvieran una referencia sobre donde aproximadamente estaría ubicado el cementerio que buscaban. Esto pareció confirmarse ya que al terminar la jornada determinado día, y después de abrirnos paso con gran dificultad entre bosques y maleza, sorpresivamente apareció ante nuestros ojos un extenso campo totalmente plano y despejado. Era un terreno de varias hectáreas de extensión, dividido en centenares de rectángulos de quizás un metro de ancho por dos metros de largo y marcados en su perímetro con piedras de río. No había duda de que habíamos encontrado el elusivo cementerio sobre el que se habían tejido tantas leyendas.

A pesar de su entusiasmo los guías decidieron buscar un sitio apropiado para instalar el campamento, junto a algún riachuelo que nos abasteciera de agua.

Lo ubicamos como a media hora de camino. A pesar de su sentido de orientación, los guías conforme avanzábamos iban marcando la ruta cada veinte o veinticinco metros haciendo muescas en algunos árboles, lo que llaman la "pica" como una precaución adicional para encontrarlas al regreso y no extraviar el camino.

Suponemos que esa noche los guías no durmieron por el nerviosismo del hallazgo. Nosotros tampoco, pero por el intenso frío imperante. Al despertar al día siguiente y después de un frugal desayuno, recorrimos en reversa la ruta claramente marcada por las picas hasta el lugar donde esas señales terminaban y que el día anterior se iniciaron desde el punto exacto del cementerio pero allí no había nada más que espesa vegetación por todos lados. Desesperados los baqueanos buscaron por todos lados por si se había producido un error, abarcando como una hora de camino alrededor y tampoco.

Recordemos que el cementerio cubría varias hectáreas de terreno totalmente despejado, por lo que resultaba imposible perderlo.

Pero lo cierto es que no apareció a pesar de que en su desesperación los guías prendieron fuego a una gran extensión de bosque y maleza. La búsqueda, aun con nuestra ayuda, resultó inútil.

Algunas personas bastante desconfiadas nos dijeron que posiblemente los guías, en horas de la noche y sin que nos diéramos cuenta se habían levantado y habían hecho otra pica por otro lado para regresar por el botín en otra ocasión y no tener que compartirlo con nosotros. Nos pareció que no era así por varias razones:

El compromiso entre ellos y nosotros no incluía que tendríamos una parte de lo que se hallara, pues nuestro objetivo sólo se reducía a buscar temas para reportajes. Por otro lado ya dije que por el intenso frío no pudimos dormir esa noche por lo cual nos hubiéramos dado cuenta de cualquier movimiento, pues todos pasamos la noche muy cerca unos de los otros. Y además, en la intensa búsqueda, lógicamente cualquiera otra pica en los árboles habría aparecido.

Tuvimos que rendirnos ante la evidencia y reconocer que lo sucedido venía a sumarse a la serie de leyendas que se contaban sobre ese misterioso cementerio.

En cuanto a la maldición sobre las tragedias que se le atribuían a ese cementerio, tuvimos que agregar una más:

Cuando llegamos al refugio en que habíamos pernoctado la primera noche, ya de regreso, vimos una estaca clavada en el suelo, a la cual estaba amarrado un trapo para llamar la atención. Pegado a la estaca había un papel con un mensaje para uno de los compañeros que decía:

"Regrese de inmediato, su padre acaba de morir". La nota tenía fecha de varios días atrás, coincidiendo con el momento en que habíamos encontrado las tumbas.

¿Realidad? ¿Superstición ¿Casualidad?

Todo es posible. Pero como dice nuestro pueblo, "no hay que creer ni dejar de creer".



Fuente:

Zeledón-Rodríguez, Francisco. (2011). A la caza de la noticia: cincuenta años de aciertos, Infortunios y peripecias de un viejo periodista, pp. 25-29. San José, C. R.: Jiménez & Tanzi. 

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