Los Extraterrestres


Ilustración: https://aliens.fandom.com/wiki/Pleiadian


Los extraterrestres

Durante los años setentas hubo en el mundo una oleada de avistamientos de platillos voladores, contactos de primer, segundo y tercer tipo, secuestros, relatos de convivencias de extraterrestres con humanos, etc.

Todos los días aparecían relatos en los periódicos sobre estos hechos, en todas partes, y en Costa Rica no fue la excepción. En la oficina también hacíamos nuestros comentarios con respecto al tema.

Una mañana estaba trabajando, cuando se presentaron dos mujeres en mi consultorio: una era muy alta, delgada, de un color blanco, muy pálida, cabello largo, liso, rubio platinado, con una prestancia en su porte y su vestir, y lo más característico era un par de ojos azules brillantes, que tenían un poder tan fuerte, que no se le podía sostener la mirada, teniendo uno que volver la cabeza hacia otro lado.

La otra mujer era un contraste: bajita, de tez oscura, pelo negro, facciones aindiadas y un traje especie de uniforme de congregación religiosa.

Cuando yo salí a conversar con ellas, la señora alta se puso de pie y se presentó como la doctora X, y me traía a la otra joven para un tratamiento periodontal, pero tenía que hacerse en forma rápida y el menor número de citas posibles, por la dificultad de su presencia en la oficina.

Concertamos el tratamiento en cinco citas.

Después de que se fueron, la recepcionista y el técnico, que también las vieron, quedaron asustados por lo extraño de la doctora y su mirada profunda. Todos pensamos y lo expresamos: ¡Qué persona más extraña!

En la primera cita, la paciente vino sola y aproveché para indagarla un poco. Ellos tenían un centro de investigación en las selvas de Sarapiqui; investigaban animales, plantas y suelos.

El centro era dirigido por una pareja de doctores y había unos seis ayudantes, entre los cuales estaba ella. Provenia del Perú y, para mi sorpresa, dentro de su humildad era una persona muy culta e inteligente, que sabía cualquier cantidad de temas y en todos podía opinar con gran soltura e inteligencia.

En la segunda cita la paciente me dijo que el director quería venir a saludarme, entonces yo le dije que seria un honor tenerlo de visita en mi oficina.

Preparamos una estrategia entre el técnico y yo, de manera que, cuando vinieran, él se fuera a la calle y los siguiera para ver en qué venian.

Se llegó la famosa cita y aparecieron las tres personas.

El Dr. X era un hombre como de dos metros de alto, la misma figura que la doctora, blanco, rubio platinado y de una mirada tan penetrante que no se podía sostener.

Yo pasé a los doctores a mi oficina privada para conversar con ellos. 

Su voz era muy extraña, con un fuerte acento, pero delicada, agradable y convincente. Ambos conversaban en forma amena, pero yo no podía mirarles fijamente. Nunca dejaron de tener su cara alegre y sonriente. Yo no sabia si el interrogatorio tenía cierto grado de hipnosis, pues su influencia en su mirar era tremenda. Ellos me indicaron que me pagarian el último día. Después de unos quince minutos de conversación, ellos se despidieron prometiendo que volverían el último día.

La recepcionista y la asistente estaban realmente asustadas con aquella pareja tan extraña. No recuerdo sus ropas, pero tampoco eran corrientes.

El técnico dental los siguió y se montaron en un vehículo que era como una furgoneta cerrada, color beige, sin placas y los vidrios polarizados.

En la última cita, todos estábamos esperándolos con gran emoción. Llegaron las dos mujeres. La doctora siempre con su sonrisa, podía venir. Ella traía una bolsa grande. Yo le terminé el trabajo a la paciente y salí a la recepción a despedir a ambas mujeres. Yo había comentado con el personal de la oficina que por su figura, su misterioso comportamiento y forma de mirar, a mí me parecían extraterrestres, y que nos preparáramos para recibir el pago, pues posiblemente iban a pagar con alguna piedra extraña o una pepita de oro, pero nuestra desilusión fue que sacaron colones y me cancelaron.

Con un apretón de manos nos despedimos para nunca más volvernos a ver. 

— ¿Podrá la propaganda, crear tanta influencia psíquica?


Fuente: Enrique Valverde Runnebaum. (2009). Anécdotas y relatos odontológicos, 1 ed., pp. 78-80. San José, Costa Rica: Uruk Editores.


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