La Muchacha y la Serpiente
Hace mucho tiempo, una muchacha soltera y su madre estaban viviendo solas en una casa. Era una casa muy sencilla, con piso de tierra.
Un día la mamá le dijo:
—¿Por qué no se busca un esposo? Estamos solas, pobres y sin acompañamiento de nadie. Búsquese su compañero. Tiene ya la edad suficiente. Usted debe casarse.
Eso le dijo la madre a su hija. En aquel entonces, esta muchacha pasaba los días cantando y pensando y de tanto pensar, cuando la madre le hablaba no le contestaba. Fue por eso que la mamá le dijo todo esto sobre el matrimonio.
Una vez en horas de tarde, estaba lloviendo y lloviendo, en eso vieron llegar a un hombre.
—¿Cómo están, hermanas? —les dijo a ellas,
Y la mamá le contestó
—¡Bien, gracias!
El hombre tenía el cabello largo, y lo tenía en dos trenzas sobre sus hombros, con las puntas amarradas con hilos de pita. Las puntas las tenía en la boca. Al saludar, sacó el cabello de la boca y de las puntas de las trenzas chorreó agua.
El hombre dijo:
—He venido a verlas. He venido pensando en acompañarlas.
Después de un rato se fue, diciendo:
—Me voy, pero mañana en la tarde regresaré.
El día siguiente, la muchacha miraba hacia el camino y de hecho, en la tarde el hombre venía. Cuando llegó a la casa, se saludaron con el mismo saludo:
—¿Cómo están, hermanas?
—¡Bien, gracias!
Lo invitaron a entrar a la casa. El visitante tenía siempre su cabello en la boca. Cuando lo sacaba para conversar, le chorreaba agua del cabello.
Más tarde, el hombre se dirigió a la mamá de la muchacha.
—Vengo a pedirle la mano de su hija. ¿Qué dice? ¿Me puede entregar a su hija?
La suegra se quedó callada y luego contestó:
—No tengo respuesta. Mejor pregúntele ella misma. Ella sí sabrá.
E1 hombre le hizo caso y le preguntó a ella, pero ella solamente se sonrió. No le dijo ni sí ni no. Simplemente se sonrió. Al rato el admirador se fue. Un poco más tarde, regresó llamándolas:
—Traigo comida, bastante. Traigo plátano y yuca. Traigo carne de puerco de monte y pescado. Traigo la mejor carne de puerco, amarillento como la yema de huevo.
La muchacha ya estaba enamorada y recibió la comida. La mamá le dijo al novio que estaba bien si se casaba con ella y que bien podría quedarse con ellas para acompañarlas.
—Ya que mi hija te recibe, acompáñenos.
El hombre se puso contento y aceptó. Ese día todavía se fue, pero al día siguiente regresó y trajo mucho más comida. Hicieron todo un banquete, y los enamorados celebraron con gran alegría. El hombre se quedó y ya no se fue. Allí se quedaba durmiendo en la noche, siempre con su cabello en la boca. Si lo sacaba, salía agua de las trenzas y no se secaba. Así se quedaron viviendo juntos, y después de un tiempo la mujer se encontró embarazada.
El hombre llevaba comida a la casa, pescado, carne de puerco de monte, tapir y todo lo que querían.
Finalmente llegó el momento de dar a luz. El esposo se la llevó al monte, a unos metros de la casa, donde en un hierbazal le construyó un rancho. La muchacha se quedó allí y no pudo salir para ver a la mamá, para que ella no se diera cuenta que el recién nacido, de la cintura hacia abajo, tenía cuerpo de culebra, hacia arriba cuerpo de ser humano. El hombre habló con la suegra y le dijo que su hija ya tenía un bebé. Por supuesto que ella quería verlo, pero el hombre respondió que no podía ver el recién nacido durante ocho días.
—Después de los ocho días sí, y no se preocupe, lo va a ver siempre.
La suegra aceptó la propuesta del yerno y se quedó esperando que pasaran los ocho días. Un día escuchó los chillidos del bebé, pero sonó muy raro:
—Sek sek, sek sek, sek sek, sek sek,
— sin sin, sin sin, sin sin, sin sin, sin sin, sin sin,
—sek, sek, sek.
— ¿Qué será?, dijo la abuela,
— ¿Será mi nieto o qué será?
En ese momento el padre estaba dándole una medicina a su hijo para que creciera rápido. Tenía todas las medicinas para su hijo. Al salir, volvió a decirle a la suegra que no podía ver a su nieto.
La suegra se quedó, pero al rato escuchó otro chillido y decidió averiguar qué era. Entró a la casa donde estaba la hija. La muchacha al ver a la madre, exclamó:
¿Qué le pasa? ¿Qué está buscando? Le dijeron que no podría entrar ni verme. Como usted no hizo caso, me iré para siempre.
La pobre vieja se devolvió para su casa. Enseguida apareció el padre y le preguntó a la suegra:
—¿Por qué la visitó? Le dije que no la viera. Por lo que usted hizo, su hija no llegará más a su casa.
La vieja se sentó sin contestar y se quedó sentada. Llegó la noche, y poco antes de la media noche cayó un fuerte aguacero. De pronto se escuchó un trueno muy fuerte desde donde estaba el rancho de su hija, como si algo se cayera al río. Luego, todo quedó en silencio.
En la madrugada, con la claridad del nuevo la viejita vio que en el lugar donde había estado el rancho ya no quedó nada. Cuando ya estaba de día, la vieja bajó al río, a un pozo llamado
Songwoybo, y descubrió a su hija dentro del agua y a su yerno convertido en una serpiente. La muchacha estaba como envuelta por la serpiente. La mamá le gritó que se viniera, pero ella no le hizo caso.
Después de mucho tiempo —la muchacha seguía permaneciendo en medio del pozo— la serpiente visitó a su suegra y le trajo semillas de ullama (nombre panameño para una fruta grande, parecida al “Chiverre” de Costa Rica), diciéndole:
—Si tiene mucha lástima con su hija, siembre la semilla de ullama. Esta semilla la traje para que la siembre.
La vieja recibió la semilla. Entonces el hombre le dio sus instrucciones:
—Siembre una a un lado de la casa y otra al otro lado de la casa Mírelas cada rato, y cuando nace usted verá un ser humano y lo podrá recoger. Si nacen dos, recoja a los dos.
La vieja le creyó, se fue a sembrar y al día siguiente ya nacieron dos niñas. Enseguida apareció su yerno —el padre de las dos— y le dijo a la vieja:
—¡Mira! Recójalas y lléveselas a su casa y cuídelas bien. No las deje ir al río, no las deje ir a ningún lado, así las debes cuidar durante ocho días
La vieja hizo todo tal y como su yerno le había indicado, pero séptimo día se descuidó, les dio un calabazo a cada una y las mandó a buscar agua. Las niñas se fueron y ya no regresaron. Después de esperar un tiempo, la mujer corrió al río a buscarlas, pero solo encontró los calabazos. De repente las vio en medio del pozo, convertidas en culebras.
Decían nuestros antepasados que así siguieron viviendo las dos niñas Y crecieron mucho. Se hicieron tan grandes que la marea subía cuando ellas se lanzaban al fondo del pozo y llegaba hasta la casa de la vieja. Incluso, la mujer tuvo que dejar su casa y subir a un cerro.
Por eso, los espíritus llamados kjusga les dijeron a nuestros antepasados que las mataran:
—Si no las matan, ellas inundarán esta tierra de agua.
La vieja observaba desde el cerro lo que iba a pasar. Los que habían escuchado las órdenes de los kjusga cercaron el sitio donde subía la marea y se quedaron esperando con las lanzas que los kjusga les habían preparado.
Después de oscurecerse, el mismo padre de las serpientes salió del agua. Era muy grande, enorme. La mamá también salió del pozo y atacó a los hombres para comérselos, pero ellos le dispararon con las lanzas hasta que desapareciera la serpiente. Cuando apareció otra serpiente, de nuevo le dispararon con las lanzas y ella también desapareció. Poco a poco aparecieron todas las culebras, les dispararon hasta que desaparecieran, y al final se secó el pozo.
Mucho tiempo después, los kjusga y los sukias invitaron a los espíritus de las serpientes a un lugar llamado Sulun, donde habían construido una casa grande. A esa casa las llamaron para saber qué pasó.
Los espíritus de las serpientes llegaron y contaron que los hombres habían tirado muy bien las lanzas e incluso una de las serpientes se murió a mucha profundidad debajo de la tierra, mientras las demás fueron heridas pero no murieron, sino que se quedaron en el inframundo. Así termina el cuento de la serpiente.
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