LA FIESTA RELIGIOSA DEL “AM LALÁM” EN PUNTARENAS
LA FIESTA RELIGIOSA DEL “AM LALÁM” EN PUNTARENAS
Contexto
Muy antes de fallecer mi bisabuelita, me dejó conocer en mis días infantiles de una extraña y pintoresca costumbre en Puntarenas, conocida con el nombre del "Am Lalám", cuyo decir y datos hoy bullen en mi mente un poco confusos al tratar de darlos.
Bastante agua ha corrido debajo de mi puente desde entonces, como para recoger con fidelidad los episodios y detalles de las mil cosas que nos relataba en la tertulia familiar, pero haciendo un gran esfuerzo de memoria, y sólo para cobrar del pasado el lustre de autoctonía que se advierte en esta tradición, de anónima procedencia, es que he emborronado estas cuartillas para darla a conocer.
Es algo de lo bello primitivo que tenía para aquel tiempo Puntarenas, cuando su cultura horizontal yacía escondida bajo los artificios de una veneración religiosa, que salía a la superficie de la época, en la maravillosa creación interpretativa de sus necesidades espirituales.
Para entrar en materia, digamos que estos sucesos debieron ocurrir allá por los cuarenta del siglo pasado (1840). Aceptemos que Puntarenas era un poco más que una aldea y que podía tener unos mil habitantes.
Descripción del Puntarenas de la época
Los historiadores dicen que había una ermita de madera y que un sacerdote católico llegaba domingo de por medio de la antigua Esparza, la villa cabecera de la comarca, a decir la misa.
El ancladero estaba del lado del estero, frente a los manglares tupidos. Frente a la cinta de playa, aparte de unas pocas casas de madera tosca, la mayoría de las viviendas estaban construidas de caña brava techadas con palma real. Parece que no habían calles sino carriles y la vida social y comercial se deslizaba alrededor de la plazuela de 'La Puntilla", que diseñara don Braulio Carrillo, centro también de la actividad marítima.
Debajo de la sombra de los palos de Guanacaste, los papaturros y los tamarindos que la rodeaban, sesteaban sus bueyes los carreteros que venían del interior del país con su carga de café de exportación, dándoles de comer cogollos de caña y zacate picado.
La división de la propiedad era problemática, pero los vecinos más influyentes y mejor colocados tenían sus predios con cercos de tuna o de piñuela.
Por el lado de la playa en la lengüeta había alguna que otra choza miserable y estaba la famosa casa de la pólvora, donde se guardaba un viejo cañón de chispa, que diera lugar a los años, a la primera reclamación diplomática contra el país, cuando Costa Rica rompió lazos con la Federación Centroamericana. Casa de adobes o rancho pajizo mixto, que al tiempo terminó albergando la antigua Aduana, cuando la población porteña se fue agrandando y buscó la zona del mar para habitarla. Frente a ella vino el nuevo y antiguo muelle grande de hierro, que tanto ayudó a impulsar el progreso del puerto.
He allí el panorama de quietud de la incipiente comunidad, que debía de hacer más atrayente el aparatoso boscaje de malinches, matapalos, palmeras y almendros.
Motivo del Am Lalám
Sin embargo, a pesar de aquel refugio de ramas y aquel brillar de luz dominguera, de ahí había huido la felicidad. Errabunda y desconcertante caminaba la muerte poniendo su ay de angustia en el alma de aquella vecindad. Una peste disentérica estaba diezmando la población infantil. El dolor acerbo en su dignificaci6n paternal buscó entonces el talismán de la fe y la romería de aquella cristiandad se metió de lleno en el templo suplicando la misericordia de Dios.
Con tal motivo allí se vieron las familias de los García, los Martínez, los Rosales, Acevedo, Morales, Fernández, Aguirre, Alvarado, Cisneros, Barquero, Abaunzas, Lezcanos, Rodríguez, Benavides, etc., y de cuantos criollos y extranjeros llevaban un apellido ilustre o humilde. Todo mundo aquel buscó un sitio en la casa de Dios.
Concluidos los actos religiosos de la mañana, el levita terminó su imploración pidiendo la misericordia divina y al hacer su plática alguien recordó a la feligresía acongojada, la vieja costumbre del "Am Lalám", que para casos tan apretados como el que estaba aconteciendo, siempre había sido de incontables beneficios espirituales. ¡Podía venir un milagro! Todo se había hecho buscando la piedad del cielo: misas de rogación, fervorosas plegarias con silicios, promesas, penitencias, rosarios solemnes y nada. Esto en el orden religioso, que en lo pagano y lo supersticioso se traspasaron todos los colmos, en las diarias actividades del pueblo acerca de su concepción de lo divino y lo profano.
Poco se tuvo que hablar acerca del "Am Lalám" y de sus posibles beneficios. Casi no había hogar donde no hubiera muerto un niño o hubiera uno grave.
Debajo de una enramada al lado se verificó la reunión cívica y puestos todos de acuerdo se nombraron las Comisiones y los tres Mantenedores que con el señor cura debían de organizar el sagrado evento.
EL AM LALÁM
Ese día (la víspera) y antes del anochecer, los picadores de leña, los carreteros y los pescadores de perlas trasladaron de la playa cuanto tuco o palo encontraron al centro de la plazoleta e hicieron una fogata inmensa, lo que tenía por objeto echar del pueblo los fluidos malos y las corrientes adversas que habían provocado la peste.
Sacando fuerzas de flaqueza, las amas de casa se dieron prisa en arreglar los frentes de sus viviendas colocando arcos de flores en las puertas y ventanas y orlas de palma de coco.
Frente a la cantina de licores y abarrotes de don Fadrique Narváez algunos individuos ociosos reventaban trenzas de triquitraques con gran contento de la chiquillería, mientras grupos dirigidos por los principalitos del pueblo colocaban enramadas frente a la hoguera, donde se instalaría un altar por la noche, donde el señor cura diría un rosario solemne.
Otro acto simpático y de mucho simbolismo era llevado cabo frente a la hoguera por muchachos y chiquillos todavía en edad escolar: las rondas. En cadenas de diez a doce, cogidos de las manos y meciéndose con soltura solían cantar y citar en coro para recreo de las gentes las siguientes estrofas en verso:
"Tomémonos de las manos
y cantemos el Am Lalám;
que mañana es día de gloria
lan, larán, lalán… lan lalán…
Las campanas de la iglesia,
llamando al rosario están…
el mar está muy sereno
y las olas rezando van.
El cura está haciendo guardia
las seis da el Alcaraván;
su Merced está impaciente
por los fieles que no van.
Ya los ángeles del cielo
vienen por la Osa Mayor...
Llegando están a la luna
que vamos a hacernos nos...
En las ramas de un icacal
se lamenta una "chicharra",
con tono tan compungido
que el sentimiento desgarra.
Tomémonos de las manos
y cantemos el Am Lalám;
su Merced está impaciente
porque los fieles no van.
Estas rondas y otras que ya no se recuerdan, que hacían el entusiasmo de las gentes, terminaban al iniciarse el rosario, y al concluir el señor cura la prédica los "Mantenedores" hacían pasar al público por la fonda de doña Agustina Membreño y por posada de las niñas Chinchilla por una colación de chicha o una taza de café con algunas golosinas, con lo que finalizaban los actos del programa de la víspera. Frente a la pira monumental quedaban los grupos rezagados y quienes estaban encargados de mantener viva la hoguera toda la noche, alimentando la llama con los tucos y astillas que a prudente distancia se dejaban para reserva.
Las sombras de la noche acumuladas sobre el caserío están huyendo espantadas. Un “galán sin ventura" y el Alcaraván del sacristán, los mejores relojes del pueblo, dan las cinco de la mañana.
El cura se despierta nervioso creyendo que se le han pegado las cobijas y ordena el toque de la campana. A las seis de la mañana sale la procesión del templo, llevando adelante en un cuadro con marco la imagen de San Antonio, la Virgen del Carmen y dos o tres angelitos en andas. El cura entre palios llevando en la diestra un Crucifijo grande. Atrás marcha un grupo numeroso de mujeres cantando las letanías, dirigidas, a falta de una filarmonía, por un músico con un violín que ejecuta casi solamente para seguir el ritmo cuando las voces se desvían o desentonan
Por lo demás, mucho incienso, mucho fervor, mucho colorido y mucha tristeza en las almas.
Como la antigua ermita estaba a doscientos metros de la puntilla, escondida entre el tupido follaje de la entrada a Ia población, la procesión avanzó hacia el este los doscientos metros citados, doblando al norte al hacer esquina en un recodo, hasta llegar a la plaza. Ya allí todos fueron a situarse al frente de una enramada cabe a una casa adornada de flores, cantándose una salve entre los fieles. Enseguida salió de su casa un grupo de personas con un niño vestidito de blanco en andas y fueron a colocarlo sobre una mesa ceremonial en forma de altar. Hasta ahí se llegó el sacerdote y le suministró al infante el sacramento del bautizo. Al terminar hubieron hurras del público para los padres del niño y al Am Lalám.
De allí partieron para otra casa y otra casa y así siguieron hasta contarse once los bautizos, produciéndose en cada caso la alegría de la gente, las hurras y las felicitaciones a los dichosos padres que en media peste habían recibido la merced divina de tener un niño sano para bautizar. En la casa de los pudientes o de los principalitos del lugar se obsequiaba chicha, chicheme y hasta una jícara de café con bizcocho u otra repostería casera.
Como a las diez de la mañana terminaba su recorrido la procesión y otra vez en la ermita, el padre hacía una plática explicando el valor simbólico de aquellos actos, el cúmulo de bendiciones e indulgencias que con ello se había obtenido para la comunidad y la esperanza que sentía de que mediante esta manifestación de honda pena y de sentido acatamiento de la voluntad de Dios, se contuviera la peste y tornara la paz y la tranquilidad a todos los ánimos.
Entre tanto y ya como un acontecimiento público, al salir de la iglesita, la gente se trasladaba inmediatamente a la plaza de la Puntilla y con la mayor alegría y animación, se procedía a apagar la hoguera. Grandes y chicos, todo mundo iba por agua al estero y tiraba su poquito. Eso era un buen augurio y se tenía la creencia de que por ese año se había obtenido la gracia de no contraer alguna enfermedad, y era tal el fervor que hasta algunos enfermos se levantaban de su cama para asistir al apagamiento de la hoguera sagrada y hasta a tirar su cubo de agua.
Terminada la faena del Am Lalám, el sacerdote montaba su bestia y acompañado de su sacristán y de otros amigos partía para Esparza.
Mi bisabuelita aseguraba que ella recordaba haber visto celebrarse tres "Am Lalám", y que en el último tuvo la oportunidad de ver bautizar tres niños ya bautizados anteriormente, para ajustar los once que ordenaba el ritual, debido a que no se encontraban en el pueblo nada más que ocho en estado saludable.
Fuente: Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses, 2 ed., pp. 282-286. San José, Costa Rica: Imprenta Tormo.
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