Mapa del tesoro del pirata Morgan en Carrillo
¿EN LOS SOCAVONES ABIERTOS EN LA MONTAÑA CRUDA, POR LA HONDURA DE CARRILLO, ESTA EL TESORO DE MORGAN?
No muy lejos del puente del río de La Hondura, en la vieja Carretera de Carrillo, don Federico González y su hijo, don Hermes, encontraron un curioso plano, en una caja de piedra a 3 metros de profundidad, con raros signos y curiosos datos. — También hallaron una serie de pequeños fosos donde había restos de sables, cinceles, lises de oro y otros objetos. — San Jerónimo — Más allá, hacia el Alto de La Palma, donde las nubes provenientes del Atlántico descargan sus toneladas de lluvia. — La Hondura, un anillo que surge al pie de enhiestos cerros como torres. — La diligencia que conducía Simón Avendaño. — Recuerdo de Mr. Keith y de Mr. Unkles. — Don Juan, el abuelo de Ramón Jiménez Quirós. — La leyenda de los tres tesoros de Morgan. — Las excavaciones en el sitio de La Mina. — El hallazgo.
(TEXTO Y GRAFICAS DE JOSE ANTONIO ZAVALETA)
La vieja ruta de Carrillo, esa que deja ver sus huellas de adoquinada piedra no bien se deja atrás a la ciudad de Moravia, tiene en la vida costarricense el sabor de lo grande, capaz de desafiar a los tiempos.
Carazos, Rodríguez, Jiménez, Quirós, González, Fernández, Tristán…
Los apellidos con fuerza terrígena, porque la adquirieron a través de varios siglos, los llevaron los constructores de esa vía cuyas piedras soportan ahora el paso de los pesados camiones que van a La Hondura en busca de fuertes tucas inmensas o bien, para traer la leche de La Palma y de otros cortijos que se han levantado en esa región arriba de San Jerónimo de Moravia.
Más allá de La Palma, cuando la montaña se retuerce en contorsión extraña, mirando aquellos precipicios insondables y la gracia agresiva del paisaje, recuerdo a Marcos Yauri Montero en su “Destino del Hombre”: “Pero he aquí que os llego con la bandeja del paisaje crudo, animal. En los tatuados sombríos de Dios crece el hombre y posiblemente no dejará de crecer de codos en el balcón de sus huesos, o como un árbol que preguntara por su fruto y su nube. Os hago llegar este paisaje sin labrar, inculto, sin molde ni la arcilla para sus costados tremendos. La lluvia ingresa a gritos en las veredas donde el niño saluda al anciano con una palabra fácil. La escarcha deshoja calendarios detrás de relojes furiosos”.
El camino se retuerce. Se ha enfermado en la ascensión y ahora, busca las profundidades asido a los paredones escarpados, ancas hirsutas de la montaña.
Va el camino que tallaron los abuelos tierra adentro. A veces pareciera que el murallón de las estribaciones de las Tres Marías dándose la mano con las altas pirámides del Irazú detuvieran la ruta. Y entonces surge la vuelta increíble de 60 grados.
Dualdos [Rualdos] y jilgueros golpean sus metálicas gargantas y el encanto solemne del silencio en mitad de la montaña envuelta en nube y cierzo se rompe, al tiempo que entran bocanadas de luz solar como raudales impetuosos en las estrechas cañadas.
De pronto, más allá de los morales del camino que hacen pantalla a la profundidad, el vallecillo coqueto de La Hondura, con la ermita en construcción y una que otra casilla que se levanta de entre los zacates altos y punzantes.
El camino de Carrillo cruza el valle en busca del río de La Hondura. Y al fin, bajo la sombra brillante de la selva, como dejando el palio de la fronda, la corriente clara, estimulantemente fría, del río.
Pronto el viejo puente legendario.
Hacia los noventas, por ese mismo camino de piedra rodaba la diligencia de seis mulas que conducía el primo Simón Avendaño, de quien se dice, era hijo del famoso fray Manuel Fernández, el lego del mangón donde todo cabía.
Simón Avendaño nació en Cartago, era hijo de María Avendaño Quesada, oriunda de Los Llanos de Santa Lucía, hoy Paraíso.
Alto, corpulento, morenón para no desmentir la parte de sangre venezolana que corría por sus venas. Le habían contratado para ese servicio Mr. Keith y Mr. Unkles, éste, en aquel entonces, capataz en Carrillo, cuando Línea Vieja y la ruta carrilense eran los únicos pasos accesibles desde el Atlántico hasta la Meseta Central.
Simón Avendaño, años más tarde muerto de fiebre amarilla en la isla de La Uvita, donde era guarda-faro, llevaba en su pesada diligencia miles de soles peruanos en cajoncitos que pesaban muchas arrobas. Era el dinero de los pagos.
Más de una vez se vio en apuros en aquellos parajes inhóspitos. Su fuerza y su audacia le salvaron de los contratiempos. Siempre llegaba con fortuna y con la fortuna, al puente de La Hondura.
A media hora del puente de La Hondura, tierra adentro, están unos socavones.
Son los socavones de La Mina.
Y es don Federico González quien relata ahora.
El y su hijo Hermes han trabajado por años en esas tierras. Las conocen palmo a palmo. Han abierto la entraña de la montaña y han metido sus picos en la roca.
La Mina de Yglesias, la han llamado algunos.
Allí encontraron los González atisbos de piráticos tesoros escondidos en aquella vuelta del camino de Carrillo que más parece el aldabón de viejo cofre de azurita…
Y surge el nombre de Ramón Jiménez Quirós.
Me cuenta don Federico que Ramón Jiménez, de los Quirós de Tibás, guardaba un viejo y rugoso pergamino que fue pasando de generación en generación. Le tenía bajo siete llaves el abuelo de luenga barba blanca como si las nieves de los años se hubieran convertido en estalactitas para darle a don Juan Quirós aspecto de Moisés de nuestras campiñas.
En una cartilla de cuero crudo —dice don Federico— Ramón Jiménez guardaba el plano de la mina.
Ramón creía, basado en esos planos, que en La Hondura estaba enterrado un tesoro de piratas y contaba que, conforme a la tradición de sus ancestros, cuando allá por el 1666 Morgan y Mansfield arrumbaron hacia el interior del país, entrando por la Boca del río Matina, llegando hasta Quebrada Honda, cerca de Birrís, donde fueron los bucaneros obligados a huir, tras de sufrir serias pérdidas, por los tercios de españoles e indios capitaneados por el bravo don Alonso de Bonilla y don Juan López de la Flor, el gobernador guapetón, quien como buen español confió sus milicias al amparo de Nuestra Señora de la Purísima Concepción, desde entonces llamada del Rescate de Ujarrás; esos piratas, digo, se dividieron, reembarcándose una parte en Matina y yendo la otra hacia el Toro Amarillo, con una caravana de cuarenta mulas cargadas con parte del botín tomado en otros sitios del mar Caribe. Doscientos indios viceitas les iban abriendo paso a los bucaneros por las selvas de Guápiles. Su fin era pasar a la vertiente del Pacífico para hacer sus correrías en el Gran Océano.
Al llegar a donde hoy está el sitio de La Mina, se detuvieron, enterrando parte del tesoro.
Verdad o leyenda lo dicho, es lo cierto que hace unos quince años, los González dieron con los planos que guardaba celoso Ramón Jiménez. Poco tiempo después, localizaban el sitio de La Mina y en las cercanías, en un covachón formado por la selva, sobre una roca hirsuta cubierta de lanas y de líquenes verdosos, el plano del sitio exacto donde se guardaba el tesoro de los piratas.
Lograron determinar en la roca los trazos en bajo relieve, de lo que era aquella zona. Era un plano perfecto, trabajado a cincel y mazo sobre la piedra.
Dirigiéndose por los trazos de la piedra, exploró Hermes González. Así encontró, bajo una capa de humus y maleza de más de medio metro, un montón de piedras. Escarvó. Descubrió una losa, donde a su vez, había unos signos. Pequeñas figuras geométricas talladas en el basalto. Removió el obstáculo y siguió cavando. Tres metros más adentro, hallaron él y su padre, don Federico, el “entierro”.
En una serie de pequeños compartimientos como cajas colocadas en forma de E, contando 6 compartimientos dobles en la base, 18 en un sector como de semicírculo y 3 más, también dobles, como los anteriores casi en el centro, encontraron sables casi destruidos, dos espadas de abordaje, un cincel y una punta, el primero de 12 pulgadas de alto y la segunda, de 16, unas pequeñas florecitas de oro, del tamaño de monedas de 10 céntimos.
Había cacharros y otros objetos destruidos casi por completo por la acción del tiempo.
En un compartimiento aparte, de forma trapezoidal, encontraron una reproducción exacta del plano que había afuera en la roca, eso sí hecho en cuero.
Hace poco más de un año, los González volvieron a escarvar aquellos sitios de La Mina. Hallaron algunas otras poquísimas cosas. Pero la exploración hecha hasta ahora en una extensión de unos 30 metros cuadrados, tendrán necesidad de emprenderla de nuevo y eso demanda tiempo y una inversión fuerte.
¿Estará aún el codiciado tesoro escondido en las entrañas de La Mina?
La leyenda que contaba Ramón Jiménez Quirós a los González, indicaba que los piratas habían dividido en tres partes su botín: Una quedó escondida en las reconditeces paradisíacas de Portete, cerca de Limón; otra en Platanillo de Turrialba y esa tercera que he relatado, en las cañadas de La Hondura, más allá del puente legendario.
Y como me lo han contado, lo cuenta,
José Antonio Zavaleta.
Referencia: Zavaleta, J. A. (1958, 23 de junio). ¿En los socavones abiertos en la montaña cruda, por la hondura de Carrillo, está el tesoro de Morgan? La Prensa Libre, p. 4. Sistema Nacional de Bibliotecas.
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