LA PIEDRA ASERRI, NIDAL DE LEYENDAS Y DE RECUERDOS, TIENE EL EMBRUJO DE LO GRANDIOSO


Autor: Jorge Castillo. Imagen con fines ilustrativos.


LA PIEDRA ASERRI, NIDAL DE LEYENDAS Y DE RECUERDOS, TIENE EL EMBRUJO DE LO GRANDIOSO


ATALAYA DE LOS ANTIGUOS HABITANTES DE ESA ZONA, DESDE ELLA AVIZORARON LOS INDIOS LA LLEGADA DE LOS BLANCOS Y FUE EL ALTAR GRANDIOSO EN CUYA CUSPIDE DEBIO HALLARSE LA PIEDRA DE LOS SACRIFICIOS


Aracci, la india nubil que creó, en el mito de la fecundidad de las tierras y de las aguas, los fluentes claros arroyos que bajan cantando de la altura. Vetas de oro hay en la parte intermedia del cerro en donde se halla enclavada la piedra, hoy en terrenos pertenecientes a don Ernesto Castro


Atalaya de los indigenas, la enorme piedra de Aserrí es nidal de leyendas y de recuerdos.

Con el embrujo de lo grandioso por sostén, está empotrada en el cerro como una avanzada de éste desde donde se divisa el abra inmensa.

Se cuenta la leyenda de la bruja Zárate.

Va de labio en labio la conceja. Pero hay otras muchas no por viejas, menos bellas. No por olvidadas, no menos dignas de recordarse.

Aracci, la india núbil, sentía pasión por las estrellas.

Ascendía siempre al caer de la tarde hasta la cúspide del cerro, por entonces floresta apenas visitada, en las grandes celebraciones.

Aracci tenía el color suave de las arcillas y sus cabellos se mecían al viento como los del maíz en la mazorca promisora. 

Los ojos de Aracci eran negros como la obsidiana, y como ésta, guardaban extraño fulgor.

Ibase a la cumbre y, puesta de hinojos sobre la piedra milenaria, quedábase como en trance, mirando a las alturas acerinas de los cielos, como para dialogar con el fulgor de los astros, embriagándose con los perfumes que subían desde la selva.

De lejanas comarcas de Curridabá habíase llegado hasta los dominios de Aserrí un mozo guerrero, lleno el carcaj de flechas de color de oro.

Una vez, cuando se acercó a la piedra, en medio del silencio de la noche, deseoso de admirar las columnas humeantes del Irazú lejano, el joven guerrero vió a Aracci que parecía encantada: alta la mirada dirigida a los cielos, alejada a todo cuanto la rodeaba, debía estar oyendo la música extraña de los mundos.

Suave luz lunar la bañaba y el guerrero, al verla así, sintió el arrebato del amor.

Ella, a su vez, sorprendida por la presencia del extraño, lanzó un grito. Inmediatamente oyéronse como emergiendo de todos los valles cercanos los toques de los cuernos y el sonido de los atabales. Se había puesto en movimiento toda la tribu y se dirigía hacia la piedra donde se hallaba Aracci. Esta, repuesta de la impresión, conversaba con el extraño.

La garrida efigie del mozo le atrajo.

Y la comunión del amor se inició entre aquellas almas.

Los grupos de indios iban ascendiendo por todos los trillos hacia la piedra. El guerrero de la tribu curridabense fué excitado a huir de aquel sitio para impedir que quienes ya se acercaban a la inmensa mole se lanzaran sobre el extraño y lo mataran, por haber profanado sus plantas el altar de los sacrificios. 

El joven guerrero se negó a huir. Quería mantenerse erguido, a la diestra de Aracci como sellando un pacto de amistad entre dos pueblos rivales. Pero no pensaron así quienes despertaron al grito de Aracci y al verle junto a ésta, lanzaron sus venablos, haciéndole caer exánime.

Aracci no fué tocada por las flechas de sus conterráneos, pero al ver al hombre que por primera vez habiásele acercado hecho presa de la muerte, tocó el filoso cuchillo de obsidiana que pendia del fuerte cinturón de cuero que éste llevaba y abriéndose el pecho, hirió su corazón.

A la luz de los hachones los indios enfurecidos retiraron el cuerpo del guerrero curridabense y lanzaron desde lo alto, a lo profundo del abismo el de Aracci. 

Donde cayó el cuerpo de ésta surgió una corriente de agua color de luna.

Una vegetación exuberante fué surgiendo por todas partes.

Desde entonces esas tierras tu vieron la gracia prepotente de la fecundidad sin límites.

No faltaron nunca más ni buenas tierras ni suficientes aguas.

La inmensa piedra, altar hasta entonces, se tuvo por maldita, no obstante. La había profanado el amor. Pero a cambio de altar, continuó siendo atalaya desde donde se divinaban los más pequeños movimientos de cualquier grupo invasor.

Así vieron desde la mole cómo avanzaban las fuerzas hispánicas que iban conquistando territorios. Desde esa altura atrincherados en el cerro, esperaron la llegada de los capitanes blancos y de sus ejércitos. 

Y surgió entonces otra leyenda.

La piedra estaba maldita y quienes en ella quisieran refugiarse, malditos también serían.

Fué así como hubieron de capitular los defensores de Aserrí y rendir tributo al monarca de Castilla.

Hoy la piedra de Aserrí sigue siendo el atractivo principal de ese pueblo que sorprende por su belleza sugerente.

Ricos sus contornos, allí se haIlan las vetas de oro que se internan tierra adentro kilómetros de kilómetros. En los cortes del camino brillan las pequeñas piritas y los "ojillos" del oro hecho casi polvo finísimo que emerge entre los silicatos de variados tonos.

La tradición sigue contando, en tanto, la leyenda de la bruja que en el interior de la piedra se sepultó con sus tesoros inmensos. 

La piedra sigue siendo el inmenso gigante que se mantiene en vigilia perenne, cuidando la vida de las gentes laboriosas de Aserrí.


José Antonio Zavaleta


Fuentes: 

Zavaleta, J. A. (1953, 21 de enero). La piedra Aserrí, nidal de leyendas y de recuerdos, tiene el embrujo de lo grandioso. La Prensa Libre, 6. La Piedra Aserri

Ilustración: Castillo, J.  (1983). [Ilustración sin título]. En: Ministerio de Salud, Salud para todos, N. 7, p. 12. Asociación Demográfica Costarricense. 

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