Talentoso pianista y compositor nacido en Cartago con el siglo XX, cuya vida fue tan intensa como breve, falleciendo a los 24 años en su ciudad natal [1a, 2, 4].
Amando pertenecía a una familia de artistas [1a]; su padre, José Obando Fonseca, también compuso piezas como el pasillo "Emilia" y el "Vals Jota: vivan los músicos" [5].
Quienes lo conocieron dicen que fue un artista autodidacta, un milagro de tenacidad que, según sus contemporáneos, alcanzó una destreza extraordinaria en el piano y la composición [1a] a pesar de las carencias materiales y económicas. Juan de Dios Trejos S. incluso llegó a compararlo con compositores del peso de Liszt y Rachmaninov [2, 5].
Su dedicación era tal que pasaba horas interminables frente a su instrumento, un piano viejo que desarmaba para estudiar su mecanismo; se le veía siempre vestido de negro, con una melena romántica y una gran corbata de crespón. A pesar de su genio, Amando Obando era un hombre de voluntad reservada; rehuía tocar en público por su búsqueda de una perfección casi absoluta. No le interesaba el aplauso de un público que, a su parecer, solo comprendía la música ligera. Su biblioteca musical, adquirida directamente de casas editoras, reflejaba su amor por lo clásico y su rechazo a lo vulgar [1a].
Sorprendentemente, a pesar de su desdén por la música frívola como el Foxtrot, llegó a componer uno, así como una danza one step [5].
Una anécdota notable, que revela su impacto, es el regalo de un excelente piano por parte de Beatriz Zamora, quien fuera Primera Dama de Costa Rica durante el último mandato de Ricardo Jiménez Oreamuno. Amando, un pianista pobre sin instrumento propio, correspondió tocando durante doce horas seguidas, desbordante de gratitud [3].
En cuando a su obra, su "Melodía del Silencio" es destacada por su complejidad técnica, involucrando una solución constante de arpegios en la mano izquierda de principio a fin. Sus piezas "Couplet y Vals" están originalmente pensadas como obras sueltas, aunque su sobrino bisnieto, Alonso Saavedra Coles, las interpreta juntas en el recital por sentir que calzan bien. Según su familia, el "Vals Patético" es una de sus mejores composiciones [5].
La temprana muerte de Amando, atribuida a su incansable dedicación al estudio, fue considerada una gran pérdida para el panorama artístico nacional, ya que se le describe como un hombre lleno de ideales y un verdadero haz de esperanzas para nuestro futuro artístico [1a].
Afortunadamente, las partituras de sus composiciones fueron preservadas por Eugenia Obando [5], y de hecho, el 5 de julio de 1964, el Vals Patético, interpretado por Marco Antonio Obando, hermano de Amando, fue presentado en la Sala de Conciertos Tasara, "...con motivo de un programa extraordinario, que ofrecieron profesores y alumnos de música del curso preparatorio de la reforma de la educación musical en la enseñanza media" [1b].
Las partituras han llegado hasta nuestros días, y el 9 de septiembre de 2014, la Escuela de Artes Musicales ofreció un recital en el que piezas de Amando fueron interpretadas por Alonso [5].
Amando Obando Jiménez es una figura que, aunque "poco conocida" en su momento (artísticamente hablando), dejó una huella profunda en quienes lo conocieron, siendo considerado en su época parte del barullo efervescente de nuestro movimiento artístico y merecedor de un olvido grandioso que el tiempo nos permite ahora empezar a desvelar [1a, 2]. Su figura fue recordada por Juan de Dios Trejos S. en el artículo "La Efigie de Amando"*, publicado en el periódico La Nación el 1 de noviembre de 1964 [5] y recopilado en la obra de Molina.
Pueden escuchar la obra de Amando y José Obando en el siguiente enlace: Recital conferencia: Amando Obando Jiménez - Música para piano de principios del siglo XX
Fuentes:
1a. Diario de Costa Rica, edición del 26 de noviembre de 1926, página 2. Disponible en: https://www.sinabi.go.cr/biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201926/kv-Diario%20de%20Costa%20Rica_26%20nov_1926.pdf
1b. Diario de Costa Rica, edición del 7 de febrero de 1964, página 15. Disponible en: https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201964/DIARIO%20DE%20COSTA%20RICA_%207%20FEB%201964.pdf
2. Molina Siverio, J. (1998). Anales de Cartago: barrios, episodios, personajes e instituciones, p. 67. Costa Rica: Editorial Cultural Cartaginesa.
3. Chacón, G. (2013). Tradiciones costarricenses. Costa Rica: Editorial Costa Rica.
4. Barahona, L. (2013). Lo real y lo imaginario. Ensayos literarios. Costa Rica: Editorial Costa Rica.
5. Artes Musicales UCR. (2014, septiembre 9). EAM 09 09 2014. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=gJLbwQJ8nq8&list=PLxOYtU-Uaqs46RR25aURtcVltNy28eisN&index=4
Anexo #1
La efigie de Amando
Los acordes majestuosos del "Preludio Heroico" angustian al
piano, como si este se sintiera vencido a su gran capacidad armónica ante la
grandiosidad romántica de la obra; es que lo sacude un genio creador, dijérase
un nuevo Rachmaninov, o un nuevo y joven Liszt tropical que brindara su
inspiración precoz a un mundo que lo veía subir y petrificarse en la acrópolis
a menos edad que el más joven de los héroes griegos.
Surge al conjuro estremeciente del "Preludio Heroico" la
efigie de su autor, Amando Obando Jiménez, nacido con el siglo en la ciudad de
Cartago, y muerto en la misma a la edad de veinticuatro años, en la languidez y
desfallecimiento progresivos con que la muerte parece vengarse del genio,
terminó sobre el teclado Amando Obando, maestro de música de sus condiscípulos,
allá por los años quince. Al término de sus estudios de secundaria, dirigió sus
grandes capacidades hacia el estudio de la música con logros extraordinarios,
pero secretos, desconocidos, como ocultos en el laberinto modesto de su
singular espíritu, aún hoy el barullo efervescente de nuestro movimiento
artístico, nada sabe de lo que fue Amando Obando.
Oyendo su “Preludio Heroico” me parece una evocación de la
historia de Roma, su “Barcarola” de acentuaciones fúnebres, su “Melodía del
Silencio” impresionante y que bien define su intimidad, su maravilloso “Vals
Patético” que se dijera de un Brahms o de un Sibelius da la impresión de que el
alma de Amando Obando no se preocupó por lo que daría a sus obras el tiempo,
más bien murió contento y feliz por lo mucho que le regaló Euterpe.
Al fluir de las notas estiradas surge por fin el recuerdo de
la efigie de Amando: sonriente con su melena romántica y su corbatín acapullado,
así era el jovencillo a quien sí le entendíamos la música los escolares, así
era él para muchos maestros del sonido, y para más de una dama empinada de la
Cartago recién terremoto, así era él, joven soñador de las deliciosas veladas
con guitarra, guitarra que parecía un piano. Esta es la efigie de Amando que
dejó vibrando admiración y afectos en un rincón de la historia, la efigie del
genio precoz que le ha merecido al tiempo el mármol solidario de un olvido grandioso.
Referencia: Molina Siverio, J. (1998). Anales de Cartago: barrios, episodios, personajes e instituciones, p. 67. Costa Rica: Editorial Cultural Cartaginesa.
Anexo #2
En memoria de Amando Obando
Prestigioso artista nacional fallecido el 15 de los corrientes en su ciudad natal de Cartago.
Nos ha llenado de dolor la nueva de que Amando Obando, el joven pianista cartaginés, positivo valor de nuestro grupo musical, dejó de existir ayer en Cartago.
Nunca como ahora la Muerte ha sido injusta y despiadada. Porque llevándose a Amando, ha acabado con un hombre lleno de ideales; nos ha quitado un verdadero haz de esperanzas para nuestro futuro artístico, y ha coincidido con la fe de un grupo de amigos y aficionados un brillante porvenir y deseábamos verle ya levantarse de aquel ambiente pobre e incrédulo, hacia el puesto a que ya era merecedor por su maravillosa destreza en el piano, que de haber sido conocida hubiera sorprendido a todos, pues Obando, al decir de varios profesores y personas más capacitadas que yo. que le oyeron, era ya un consumado artista, un verdadero pianista, y, lo que es más, hecho solo, a fuerza de sacrificios, milagro de tenacidad que sólo se explica en un hombre como él, todo ideal, todo amor a la música, todo dedicación al estudio. Y esta tenacidad ha sido precisamente lo que le ha matado.
Amando no salía de su casa a ninguna hora. Desde temprano hasta la noche se le podía ver siempre sujeto a un piano —un piano viejo y casi afónico que compró por cualquier cosa y que desarmó una y tres veces para estudiar su mecanismo— y no recibía más visitas que las de unos pocos amigos, todos músicos y la de sus familiares, todos también artistas. Porque la familia Obando es una familia de artistas.
Cuando yo le conocí, que fué en un año que pasé en aquella nebulosa ciudad, me entusiasmó tanto su manera de ser, su incansable afición al estudio, me maravilló tanto la dedicación de aquel joven que hablaba de la música y del arte con un entusiasmo arrebatador, que aparecía como iluminado por la luz de un ideal que ya era una realidad, que me dediqué también a estudiar y recibir sus lecciones con una aplicación desusada de mí, y cuya única razón era probablemente, el panorama que tenía a la vista, la contemplación de lo que puede la constancia en el estudio.
Amando Obando era desconocido hasta en el propio Cartago. Digo desconocido en el sentido artístico, porque físicamente sí se hablaba de él en todas partes, ya que su figura era rara e interesante: un poco alto, muy delgado, moreno, intensamente pálido, vestido siempre de negro, con una melena romántica que según él me dijo, se dejaba para disimular la forma un poco extraña de su cabeza, y una gran corbata negra de crespón.
Digo que Amando era desconocido y esto por su sóla voluntad. Una vanidad que era la promesa más segura de que iba a ser un gran artista. A Amando le ocurría lo que a todo genio: cuando más estudiaba, mejor comprendía lo poco que era y lo que le faltaba por hacer, y por eso rehuhía siempre tocar en público. Pero es preciso consignar que Amando era demasiado exigente consigo mismo. Lo que él deseaba ser se acercaba mucho a la absoluta perfección, y por eso despedía con una sonrisa desdeñosa a todos cuantos le insinuaban que diera un concierto, que bien lúcidamente podría haberlo hecho.
Pero no, Amando no buscaba aplauso. La aprobación de ese público que él con amargo sentimiento compadecía, ya que solo música ligera y vana era capaz de comprender, no era lo que le interesaba, y así, se encerraba dentro de sí mismo, y sólo la voz de un ideal y la suprema dicción de su conciencia escuchaba.
¿Qué le importaba a él el aplauso de los demás, si él mismo no había tenido antes la satisfacción de haberse aprobado a sí mismo?
¡Hermoso ejemplo de inteligencia y de valor intelectual en un siglo como éste en que todo es farsa y se aprecia más el bombo y los platillos que la consciente conformidad con el valor propio!
Obando era un enamorado de lo clásico y en su hermosa biblioteca musical, adquirida directamente de las casas editoras, por que lo que Amando buscaba no lo tenían las librerías de aquí por falta de compradores, no se podía haber encontrado el más pequeño asomo de música vulgar y fácil. Sufría amargamente oyendo las profanaciones que son el encanto del público de los teatros y de la generalidad de las gentes, y cuando alguno de sus discípulos, por cualquier descuido, se había apartado un poco del carril de su escuela y le pedía aprender un fox o cualquier otra frivolidad, con amarga sonrisa se negaba a ello y renunciaba a darle clases. «Eso viene después. —decía— Primero hay que construir, cultivar el sentido musical siguiendo el paso de los grandes maestros que son los únicos que enseñan. Hecho esto, adquirido el buen gusto y la destreza en los dedos, ¿qué esfuerzo va a costarles tocar esas fruslerías, si es que para entonces tienen todavía deseos de hacerlo?»
A más de profesor y virtuoso del piano, Amando era compositor, y algunas de sus composiciones, al decir de profesores que las conocen, son de positivo mérito. Son todas armónicas, como su vida misma, y de difícil ejecución. Quiera Dios que no se pierdan y algunos de sus amigos o parientes las den a conocer aunque éste es el único medio que nos resta para decir al mundo lo que Amando era y lo que hemos perdido con su temprana muerte. Cruel ironía del destino que hace el bien y siembra el dolor sin distinciones de ninguna especie!
Sean mis últimas letras en este pequeño recuerdo, que me inspira el sincero cariño que profesé al desaparecido para llevar unas palabras de consuelo a sus padres, parientes y amigos y cuantos admiraron a Amando y han visto rotas sus esperanzas de verlo surgir y alcanzar la alegría legítima que tanto merecía.
ARCASES
22 de noviembre de 1926. [1a]
VIDA INTELECTUAL Y ARTISTICA
He aquí un capítulo realmente bello en el que es pródiga esta tierra.
Tuvo hombres letrados y grandes artistas que le dieron brillo a su historia y basta con decir que ha sido cuna de todas o casi todas las mentalidades que ha habido en el país. Estas son apreciaciones que pasaremos por alto, porque el recuento de ellas sería prolijo y aquí se trata de terminar este ligero apunte.
Querríamos aquella erudición de los escritores de Castilla y de muchos pueblos de España, pueblos en los que a cada paso se encuentran hidalgas y nobles castas de grandes genios y de superiores entendimientos: guerreros, poetas, maestros y héroes: Alonsos Quijanos y Marqueses de Santillana, Cides y también Tirsos de Molina y Cervantes...
La suave boina que en sus cabezas llevaran aquellos cartagineses, que por serlo fueron "nobles y leales", comenzando con Fray Antonio de Liendo y Goicoechea, si no hubo otros adelante y terminando con Ramón Matías Quesada; también ha querido venir, como un halago a la memoria suya, a los que ahora viven enalteciendo el arte y el pensamiento, entre los que están J. Vargas Coto, Mario Sancho, Ricardo Jiménez, Abelardo Bonilla, Jorge, Arturo y Claudio Volio Jiménez, Juan Ramón Bonilla, Luis Anderson, Rogelio Robles Peralta, Enrique Guier S., Jesús Guzmán, José Miguel Jiménez, Rafael Ortiz, Félix Ortiz, Fernando J. Volio, Gregorio y Amando Obando, Jorge, Manuel y Julio Mata, señoritas Rafaelita y María Cristina Quesada, Luis Valle, Ricardo Rojas M., Abel Castillo Vega, Antonio María Rojas, Manuel Zavaleta, José S. Rojas, José Albertazzi Avendaño, Juan Jiménez Muñoz, Rafael Ángel Alvarez, Ernesto Ortega, Rogelio y Jaime Granados Chacón, Jorge Ortiz, Carlos Arias Ortega, Víctor M. Sanabria y otros tantos que, al fin cada obra de ellos habla por sus nombres y por esta mezquindad de nuestra mente que todo lo olvida pero que todo lo ama.
Referencia: La provincia de Cartago. (1924, 16 de septiembre). La Tribuna, 76. Sistema Nacional de Bibliotecas (SINABI). https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20tribuna/la%20tribuna%201924/ipf-16%20de%20setiembre.pdf
Notable pianista cartaginés que tomará parte en un concierto
Se rumora que en el concierto que se efectuará próximamente en el Nacional, y en el cual posiblemente tome parte el tenor Salazar, números del programa estarán a cargo de un notabilísimo pianista cartaginés.
Se nos ha dicho mucho acerca de este artista, e individuos que conocen de música, y que lo han oído tocar, lo conceptúan como uno de los primeros pianistas del país, por sus conocimientos y por su ejecución asombrosa.
Nos referimos a Amando Obando, y si el rumor resulta cierto, tendremos en la capital, lugar de oír un verdadero artista.
Referencia: Notable pianista cartaginés que tomará parte en un concierto. (11 de julio de 1925). Diario de Costa Rica, p. 5.
Concierto del viernes en Cartago
en pro de un gran artista
Circulan ya en Cartago los programas del concierto que se efectuará mañana en el Teatro Apolo de esa ciudad con el fin de allegar fondos en favor del gran artista don Amando Obando, quien hoy sufre una seria enfermedad que lo ha postrado en el lecho.
Todos los artistas de Cartago se han prestado gustosos a colaborar en esta velada de arte que promete resultar soberbia, para mitigar así el dolor del compañero que sufre.
Conocemos a Obando; sabemos que posee una gran alma de artista y una admirable voluntad que lo han llevado a ser uno de nuestros virtuosos del piano y un magnífico e inspirado compositor. Lo que él es se lo debe a sí propio y a sus maravillosas facultades y estamos seguros de que en otro centro y en otro ambiente sería el más glorioso de los artistas nacionales.
Por este medio excitamos al público cartaginés a asistir a esta velada.
Referencia: Concierto del viernes en Cartago: En pro de un gran artista. (15 de octubre de 1926). Diario de Costa Rica, p. 6.
En memoria de Amando Obando
Prestigioso artista nacional fallecido el 15 de los corrientes en su ciudad natal de Cartago.
Nos ha llenado de dolor la nueva de que Amando Obando, el joven pianista cartaginés, positivo valor de nuestro grupo musical, dejó de existir ayer en Cartago.
Nunca como ahora la Muerte ha sido injusta y despiadada. Porque llevándose a Amando, ha acabado con un hombre lleno de ideales; nos ha quitado un verdadero haz de esperanzas para nuestro futuro artístico, y ha coincidido con la fe de un grupo de amigos y aficionados un brillante porvenir y deseábamos verle ya levantarse de aquel ambiente pobre e incrédulo, hacia el puesto a que ya era merecedor por su maravillosa destreza en el piano, que de haber sido conocida hubiera sorprendido a todos, pues Obando, al decir de varios profesores y personas más capacitadas que yo. que le oyeron, era ya un consumado artista, un verdadero pianista, y, lo que es más, hecho solo, a fuerza de sacrificios, milagro de tenacidad que sólo se explica en un hombre como él, todo ideal, todo amor a la música, todo dedicación al estudio. Y esta tenacidad ha sido precisamente lo que le ha matado.
Amando no salía de su casa a ninguna hora. Desde temprano hasta la noche se le podía ver siempre sujeto a un piano —un piano viejo y casi afónico que compró por cualquier cosa y que desarmó una y tres veces para estudiar su mecanismo— y no recibía más visitas que las de unos pocos amigos, todos músicos y la de sus familiares, todos también artistas. Porque la familia Obando es una familia de artistas.
Cuando yo le conocí, que fué en un año que pasé en aquella nebulosa ciudad, me entusiasmó tanto su manera de ser, su incansable afición al estudio, me maravilló tanto la dedicación de aquel joven que hablaba de la música y del arte con un entusiasmo arrebatador, que aparecía como iluminado por la luz de un ideal que ya era una realidad, que me dediqué también a estudiar y recibir sus lecciones con una aplicación desusada de mí, y cuya única razón era probablemente, el panorama que tenía a la vista, la contemplación de lo que puede la constancia en el estudio.
Amando Obando era desconocido hasta en el propio Cartago. Digo desconocido en el sentido artístico, porque físicamente sí se hablaba de él en todas partes, ya que su figura era rara e interesante: un poco alto, muy delgado, moreno, intensamente pálido, vestido siempre de negro, con una melena romántica que según él me dijo, se dejaba para disimular la forma un poco extraña de su cabeza, y una gran corbata negra de crespón.
Digo que Amando era desconocido y esto por su sóla voluntad. Una vanidad que era la promesa más segura de que iba a ser un gran artista. A Amando le ocurría lo que a todo genio: cuando más estudiaba, mejor comprendía lo poco que era y lo que le faltaba por hacer, y por eso rehuhía siempre tocar en público. Pero es preciso consignar que Amando era demasiado exigente consigo mismo. Lo que él deseaba ser se acercaba mucho a la absoluta perfección, y por eso despedía con una sonrisa desdeñosa a todos cuantos le insinuaban que diera un concierto, que bien lúcidamente podría haberlo hecho.
Pero no, Amando no buscaba aplauso. La aprobación de ese público que él con amargo sentimiento compadecía, ya que solo música ligera y vana era capaz de comprender, no era lo que le interesaba, y así, se encerraba dentro de sí mismo, y sólo la voz de un ideal y la suprema dicción de su conciencia escuchaba.
¿Qué le importaba a él el aplauso de los demás, si él mismo no había tenido antes la satisfacción de haberse aprobado a sí mismo?
¡Hermoso ejemplo de inteligencia y de valor intelectual en un siglo como éste en que todo es farsa y se aprecia más el bombo y los platillos que la consciente conformidad con el valor propio!
Obando era un enamorado de lo clásico y en su hermosa biblioteca musical, adquirida directamente de las casas editoras, por que lo que Amando buscaba no lo tenían las librerías de aquí por falta de compradores, no se podía haber encontrado el más pequeño asomo de música vulgar y fácil. Sufría amargamente oyendo las profanaciones que son el encanto del público de los teatros y de la generalidad de las gentes, y cuando alguno de sus discípulos, por cualquier descuido, se había apartado un poco del carril de su escuela y le pedía aprender un fox o cualquier otra frivolidad, con amarga sonrisa se negaba a ello y renunciaba a darle clases. «Eso viene después. —decía— Primero hay que construir, cultivar el sentido musical siguiendo el paso de los grandes maestros que son los únicos que enseñan. Hecho esto, adquirido el buen gusto y la destreza en los dedos, ¿qué esfuerzo va a costarles tocar esas fruslerías, si es que para entonces tienen todavía deseos de hacerlo?»
A más de profesor y virtuoso del piano, Amando era compositor, y algunas de sus composiciones, al decir de profesores que las conocen, son de positivo mérito. Son todas armónicas, como su vida misma, y de difícil ejecución. Quiera Dios que no se pierdan y algunos de sus amigos o parientes las den a conocer aunque éste es el único medio que nos resta para decir al mundo lo que Amando era y lo que hemos perdido con su temprana muerte. Cruel ironía del destino que hace el bien y siembra el dolor sin distinciones de ninguna especie!
Sean mis últimas letras en este pequeño recuerdo, que me inspira el sincero cariño que profesé al desaparecido para llevar unas palabras de consuelo a sus padres, parientes y amigos y cuantos admiraron a Amando y han visto rotas sus esperanzas de verlo surgir y alcanzar la alegría legítima que tanto merecía.
ARCASES
22 de noviembre de 1926. [1a]
Referencia: Diario de Costa Rica, edición del 26 de noviembre de 1926, página 2. Disponible en: https://www.sinabi.go.cr/biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201926/kv-Diario%20de%20Costa%20Rica_26%20nov_1926.pdf
Ellas
Hablan...
Por Delfina Collado
El miercoles en la noche, los estimados esposos don Carlos Tasara y doña Carmen de Tasara, invitaron una vez más a su Sala de Conciertos Tasara, a un selecto grupo de personas con motivo de un programa extraordinario, que ofrecieron profesores y alumnos de musica del curso preparatorio de la reforma de la educación musical en la enseñanza media.
Comenzó la primera parte del programa con una alocución del Licenciado Wilber Alpirez Quesada, sobre la influencia de la Sala de Conciertos Tasara en el desenvolvimiento artístico costarricense. Hizo hincapié, en que muchos de nuestros artistas nacionales, hoy dia reconocidos, hicieron su debut en la Sala. Entre ellos la cantante Alberlina Moya, el dos veces premiado con el galardón de Aquileo Echeverria Benjamín Gutierrez y muchos otros más.
La primera parte del programa estuvo a cargo del Profesor Marco Antonio Obando, quien nos deleitó con el "Vals Patético" escrito por su hermano (fallecido) Amando Obando.
Siguio luego "Momento Musical" de J. Castro Carazo, interpretado al piano por el Profesor Bolivar Urena y la flauta del Profesor Alvaro Murillo. Fue un tema musical bellísimo.
Finalizó con La Polonesa en Sol Menor (Póstuma de Chopin), interpretada al piano por la Profesora Julieta Brenes, con gran sentimiento y emoción.
En la segunda parte fue presentado un panorama musical muy variado al través de grabaciones estereofónicas realizadas en la misma Sala, que gustaron muchísimo al público. "Amor de Temporada", "El Hacalito", "Amanecer Guanacasteco", "En la Finca de Papa" algo cómico, pero muy agradable.
Finalizó con una selección de Rogers-Hammerstein: "The Sound of Music" con el coro de Hermanas Franciscanas del Colegio Saint Clare de Moravia. A su directora Sister Verna, le llovieron las congratulaciones, lo mismo que a las monjitas acompañantes.
De música clásica fue presentada "Pascua Rusa de Rachmaninof" y el Concierto de las "Estaciones de Vivaldi".
En la tercera parte del programa se proyecto el film documental "Arturo Toscanini", en el que el maestro dirige la Orquesta Sinfónica de la N.B.C. Film muy interesante, con una música maravillosa y un tenor único.
Entre los asistentes estaban, además de los amables anfitriones y de sus hijos don Carlos Tasara y señora, don Alfredo Gallegos y Mercedes Jimenez de Gallegos, senorita Isabel Aguilar Esquivel, senorita Claudia Bonilla, senorita Florizul Alpirez, don Julio Barquero, las monjitas del Saint Clare, Sor Joselina de Sión, monjitas dominicanas del Colegio de la Virgen de Ujarrás, varios sacerdotes y muchísimas otras personas, que gozaron de una noche de arte inolvidable.
En la residencia del Secretario de la Embajada de Chiie don Carlos Montanet y doña Elvira de Montanet, fue ofrecido anoche un coctel de despedida, en honor de los distinguidos esposos don Orangel Cubillan y doña Beatriz de Cubillan, con motivo de su próximo traslado a la República de Chile, en
donde ejercerán iguales funciones diplomáticas.
Referencia: Diario de Costa Rica, edición del 7 de febrero de 1964, página 15. Disponible en: https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/diario%20de%20costa%20rica/diario%20de%20costa%20rica%201964/DIARIO%20DE%20COSTA%20RICA_%207%20FEB%201964.pdf
La efigie de Amando
Los acordes majestuosos del "Preludio Heroico" angustian al piano, como si este se sintiera vencido a su gran capacidad armónica ante la grandiosidad romántica de la obra; es que lo sacude un genio creador, dijérase un nuevo Rachmaninov, o un nuevo y joven Liszt tropical que brindara su inspiración precoz a un mundo que lo veía subir y petrificarse en la acrópolis a menos edad que el más joven de los héroes griegos.
Surge al conjuro estremeciente del "Preludio Heroico" la efigie de su autor, Amando Obando Jiménez, nacido con el siglo en la ciudad de Cartago, y muerto en la misma a la edad de veinticuatro años, en la languidez y desfallecimiento progresivos con que la muerte parece vengarse del genio, terminó sobre el teclado Amando Obando, maestro de música de sus condiscípulos, allá por los años quince. Al término de sus estudios de secundaria, dirigió sus grandes capacidades hacia el estudio de la música con logros extraordinarios, pero secretos, desconocidos, como ocultos en el laberinto modesto de su singular espíritu, aún hoy el barullo efervescente de nuestro movimiento artístico, nada sabe de lo que fue Amando Obando.
Oyendo su “Preludio Heroico” me parece una evocación de la historia de Roma, su “Barcarola” de acentuaciones fúnebres, su “Melodía del Silencio” impresionante y que bien define su intimidad, su maravilloso “Vals Patético” que se dijera de un Brahms o de un Sibelius da la impresión de que el alma de Amando Obando no se preocupó por lo que daría a sus obras el tiempo, más bien murió contento y feliz por lo mucho que le regaló Euterpe.
Al fluir de las notas estiradas surge por fin el recuerdo de la efigie de Amando: sonriente con su melena romántica y su corbatín acapullado, así era el jovencillo a quien sí le entendíamos la música los escolares, así era él para muchos maestros del sonido, y para más de una dama empinada de la Cartago recién terremoto, así era él, joven soñador de las deliciosas veladas con guitarra, guitarra que parecía un piano. Esta es la efigie de Amando que dejó vibrando admiración y afectos en un rincón de la historia, la efigie del genio precoz que le ha merecido al tiempo el mármol solidario de un olvido grandioso.
Referencia: Molina Siverio, J. (1998). Anales de Cartago: barrios, episodios, personajes e instituciones, p. 67. Costa Rica: Editorial Cultural Cartaginesa.
"Pero sucedió que un día entre los días, como en los cuentos de hadas, don Ricardo conoció a Beatriz, saltó la chispa y se encendió una pasión. No quiero caer en la cursi pedantería de hacer aquí un paralelo sublime entre Teodora, Emperatriz de Bizancio, o Margarita Gautier, la Dama de las Camelias y Beatriz Zamora. Ejemplos sobran en la historia, en la literatura y en la vida diaria. El hecho es que don Ricardo descubrió con interés y asombro crecientes que Beatriz era muy inteligente, comprensiva, dotada de fina sensibilidad para apreciar las bellezas artísticas y que tenía memoria notable que le permitía aprender fácilmente lo que se propusiera. Don Ricardo le regaló muchos buenos libros, le formó un buen gusto literario, la refinó, enseñó y educó al extremo de hacerla sumamente agradable en el trato y la conversación. Estudió francés y llegó a leer en el original a Víctor Hugo, a Daudet y a Maupassant, escritores por los que sentía gran admiración; aprendió algo de inglés; estudió piano con gran esfuerzo pero lo dejó por las dificultades que le ofrecía. Cuando en Cartago conoció a un pianista pobre que no tenía piano propio, dotado de extraordinarias facultades, llamado Amando Obando, le regaló su excelente piano. Dicen que Obando pasó doce horas seguidas tocando su nuevo piano, olvidado de todo, desbordante de gratitud para la bondadosa señora que le hiciera tan espléndido regalo. Esa mujer que amaba las sedas, los perfumes y los brillantes era muy sensible al dolor y a la pobreza ajenas; su caridad cristiana fue notoria y jamás un corazón adolorido, un alma angustiada se alejaron de ella sin ser consolados; nunca una miseria o angustiosa necesidad dejaron de ser remediadas por ella si su bondad o su dinero podían remediarlas."
Referencia: Chacón, G. (2013). Tradiciones costarricenses. Costa Rica: Editorial Costa Rica. (en la versión digital no aparece el número de página, ni dentro ni fuera del texto, sin embargo, fue tomado de la página 59 del libro Acuña de Chacón, A. (1970). La mujer costarricense a través de cuatro siglos. Costa Rica: Impr. Nacional.).
(listando a artistas cartagineses) "...Amando Obando, muerto en la flor de la vida; era, el decir de sus contemporáneos, un músico de extraordinarias dotes, tanto en el campo de la ejecución como en el de la composición..."
Referencia: Barahona, L. (2013). Lo real y lo imaginario. Ensayos literarios. Costa Rica: Editorial Costa Rica.
Información que se menciona en el recital:
Su padre, José Obando Fonseca, también compuso piezas como el pasillo "Emilia" y el "Vals Jota: vivan los músicos". A pesar de su desdén por la música frívola como el Foxtrot, llegó a componer uno, así como una danza one step. En cuando a su obra, su "Melodía del Silencio" es destacada por su complejidad técnica, involucrando una solución constante de arpegios en la mano izquierda de principio a fin. Sus piezas "Couplet y Vals" están originalmente pensadas como obras sueltas, aunque su sobrino bisnieto, Alonso Saavedra Coles, las interpreta juntas en el recital por sentir que calzan bien. Según Alonso, el "Vals Patético" es una de sus mejores composiciones. Afortunadamente, las partituras de sus composiciones fueron preservadas por Eugenia Obando. Las partituras han llegado hasta nuestros días, y el 9 de septiembre de 2014, la Escuela de Artes Musicales ofreció un recital en el que piezas de Amando fueron interpretadas por Alonso. Su figura fue recordada por Juan de Dios Trejos S. en el artículo "La Efigie de Amando"*, publicado en el periódico La Nación el 1 de noviembre de 1964.
El video original se oye bajísimo cuando hablan, así que saqué la información relevante oído, recorté la música y quedó así, afortunadamente se ven los nombres en pantalla, porque el video no tiene descripción:
0:00 Preludio heroico
3:59 La melodía del silencio
8:44 One step
11:30 Romanza
14:16 Couplet y Vals
17:00 Couplet y Foxtrot
20:17 Vals patético
24:01 La Tormenta (obertura)
30:01 Emilia (pasillo) - José Obando
32:30 Vals Jota: vivan los músicos - José Obando
Intérprete: Alonso Saavedra Coles
Lugar: Sala Cullell, Escuela de Artes Musicales UCR
Fuente: Artes Musicales UCR. (2014, septiembre 9). EAM 09 09 2014. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=gJLbwQJ8nq8&list=PLxOYtU-Uaqs46RR25aURtcVltNy28eisN&index=3
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