Kobistakara - ko
Kobistakara - ko
(El que vende alegres cosas, en lengua aborigen)
Aunque mi nombre no es "Kativo", así era conocido antiguamente en la zona Atlántica. Las gentes de Limón a La Estrella así me llamaban quizás debido a mi cuerpo larguirucho y recto como una palmera o uno de esos árboles.
Kativo es palabra indígena; así llamaban los indios un árbol abundante en esos litorales que les servía para hacer cabañas y construir sus pequeñas embarcaciones. En cambio, dentro de los numerosos núcleos aborígenes selva adentro de La Estrella hasta el Sixaola y sus valles feraces que la Compañía Bananera abrió en parte a la industria del banano, a mí se me llamaba "Kobistakara-Ko", que en lengua aborigen quiere decir: "El que vende alegres cosas".
El motivo es que para aquellos benditos tiempos del 1926 al 32, yo me dedicaba al negocio de vender baratijas en toda la zona del Atlántico. Yo adquiría en la capital una bonita joyería de similar, espejitos, peinetas, horquillas, además algunos géneros de colores vistosos y cristalería de lujo, mercadería de fácil salida en los días de pagamento en las fincas de la Compañía, cuyo sobrante llevaba conmigo en mis jiras quincenales a pie, por la región de los indios talamancas o caribes. Jiras que de palenque en palenque me iban llevando hasta Guabito y Sixaola en la frontera con Panamá.
Estas largas caminatas por la baja y alta Talamanca eran muy pesadas, y casi siempre tenía que valerme de los servicios de un carguero indígena conocido mío en el palenque Chimurinak, cuyo nombre era Faustino Xirima, muchacho de unos veintidós años, nieto de un antiguo guerrero indígena según su dicho.
Como casi todos los de su raza, no era mucho lo que sabía del habla castellana, prefería su dialecto, de tal suerte, que por muchos años y dada su buena disposición para conmigo, poco a poco tuve que ir aprendiendo algo de su lenguaje hasta llegar a manejarme con un poco más de un centenar de palabras. Con la confianza que da la amistad, logré que me llevara una tarde a conocer uno de sus "Cúes". Así llaman ellos una eminencia de piedra y tierra, dentro de su territorio, donde sepultaban antiguamente a sus reyes o "Zipas" o a sus grandes guerreros. Tenían aquellos unos veinte metros de altura por unos cincuenta de circunferencia y estaban artificiosamente camuflados con una espesa cantidad de selva, dando la impresión de una de tantas irregularidades del terreno. Tomándonos de unas matas y de cuanta raíz sobresalía, logramos subir a la cima, donde el aborigen descubrió entre la fronda de los arbustos un pequeño boquete por donde nos metimos de gatas hasta el interior de un aposento empedrado, obscuro y maloliente a tierra podrida, de unos 5 metros de amplitud por cada lado.
Con mi foco eléctrico pude ver que aparentemente aquello nada tenía de particular, excepto para el indio. Pero no era así, como pude comprobarlo después. Tuve el temor de que dentro de aquella caverna pudiera "picarme" una culebra y así justo a tiempo salimos para evitar que un enorme animalucho, que parecía una lechuza nos golpeara con sus alas. Xirima no se amedrentó y me explicó que los de su raza nunca le hacen daño a esos animales porque los consideran algo así como mensajeros de la diosa "Nuitaka" la deidad del mal que vive en las profundidades de la selva y era peligroso atraerse su cólera. Cuando se enloquece de furia, ruge la tempestad; los ríos se salen del cauce, el viento rechifla en los árboles y descuaja sus fuertes ramajes. El bosque entonces se llena de sombras maléficas que atraen el relámpago y el rayo que mata, y hasta tanto esto no irrita a Chumizakie, el dios de la paz en la selva virgen, que inmediatamente manda al firmamento el arco-iris, el pobre indio la pasa mal, muy mal si no tiene cerca sus tótems marinos o cuerno de buey para quemar como incienso a sus deidades furiosas.
Antiguamente, según sus abuelos, Huitaka era una estrella de mucha luz que vivía en el firmamento, pero un día se rebeló contra su hermana la luna y esto enojó al sol, que inmediatamente la arrojó de sí enviándola a la tierra como diosa de la maldad en el bosque. Aquí debe permanecer hasta el final del orbe, pero para que su poder no sea tanto, el Gran Espíritu dispuso que Chumizakie, el dios de doble cabeza que tiene los siete planos y es un artista que juega con los colores del arco iris, viniera a la tierra para ser su contraparte.
Chumizakie conoce la lengua de los vientos que hablan furiosamente al oído de la selva, y con su fuerza tan terrible logra aprisionar el rayo y apaga el trueno que amenaza y el relámpago que asusta al pobre indio, devolviéndole la calma y preservándolo de Huitaka que le hace daño en el bosque.
Yo me quedé perplejo. Nunca antes había escuchado algo así. Aquel joven era un rústico, pero un poeta de su raza. Le pregunté que quién le había enseñado el sitio de aquel ‘cue’ y entonces me reveló que su padre.
Antes de retirarnos me pidió que le prometiera que nunca a ningún blanco le revelaría el sitio de aquella prominencia sagrada, y menos que dijera algo sobre su contenido. Abrí antes de partir una lata de sardina, destapé una botella de guaro, y con unas galletas de soda que comimos, volvimos a cargarnos para seguir para el más próximo caserío indígena. La noche estaba entrando con la neblina de la tarde moribundo, y era menester que llegáramos a pernoctar a Táberi para que al día siguiente dos boteros indígenas pudieran trasladarnos a canalete hasta la ranchería de Suretka, punto hasta donde se estaba instalando una nueva finca de la Compañía Bananera, en el ramal del río Sixaola. De allí queda a muy pocos kilómetros el cerro de Mereduck, lugar donde tenía su rancho otro buen amigo mío y su familia, don Silvano Quecora, cuñado de Benito Turere, otro indio amigo mío.
De esta manera llegamos al caserío de Uatsi, hasta donde llegaba en aquella época la última estación del ferrocarril de la zona bananera. Hasta allí me acompañaba siempre Faustino Xirima; le pagaba su trabajo y nos despedíamos cordialmente.
Una hora después sentado dentro del coche, iba pensando en él y sus revelaciones. En realidad aquella gente me quería y yo sentía mucha simpatía por ellos. En los trueques que hacía de mercadería por su cacao procuré ceñirme siempre a la más absoluta honradez comercial. Ese día fui a Guabito y traspasando la frontera, pasé al pueblecito de Almirante donde tenía que cobrar unas platas. Recuerdo que se estaba embarcando mucha fruta en El Pastores, un barco de la línea de vapores de la United Fruit Co. A mi regreso a Sixaola embarqué en una lancha nacional y retorné a Limón.
En el hotel, revisando mi equipaje me encontré una preciosa aguilita de oro y me quedé perplejo. ¿Quién me la había puesto allí? Pensé que era Xirima, pero como también había abierto la valija de ropa en el rancho de don Silvano Quecora, y también en el palenque del viejo Antón Kawe-ita (Punta de caoba en lengua aborigen), que pasaba por ser el Usékara del distrito indígena, me quedé sin atinar o dar con la persona que me la habría podido colocar dentro de la ropa en la valija. Por unos instantes pensé en la hija menor del sacerdote Cahuita, como se le decía entre los blancos. Aquella muchacha de quince años estaba enamorada de mí, pero yo me hacía el desentendido porque yo sabía que estaba prometida al sobrino de Benito Turere, y una deslealtad entre los indios se cobraba con suma perfidia antes de la muerte del infractor.
A mi regreso a San José un joyero me la valoró en ₡ 500.ºº pero preferí no venderla, y a mi regreso a la baja Talamanca, investigar quién me la había metido y si era del caso devolverla.
Quince días después retornaba a la zona Atlántica con mi mercadería. Pasé los tres días de pago en Limón y seguí en tren, como siempre lo hacía, hasta Pandora, que era la última estación de aquel ramal. Allí me estaba esperando Faustino Xirima para ayudarme en la carga. Almorzamos donde una mujer que vendía comida en el corredor de una casa de comercio y tomamos el camino por entre la montaña hasta Atalanta. Cuando íbamos por el senderito le conté a Faustino el hallazgo de la pieza de oro y se asustó. Ojalá que no sea para tu desgracia lo que estoy pensando, me dijo. Esas piezas casi no existen, y se supone que las pocas que pueden quedar, se encuentran escondidas en uno de los cúes, o en manos del viejo Antón.
Entonces cabe suponer que debió ser Tayegre (arroyuelo en lengua aborigen), la que me la metió en la valija, pensé para mí. Y presto le pedí consejo a Faustino sobre lo que procedía hacer en aquel caso.
El indio guardó silencio mientras pasábamos a la orilla de una ciénaga hedionda, que las gentes solían llamar El Paso de los Muertos, tanto por su fetidez como por la enorme cantidad de ofidios y animales venenosos que la poblaban.
Dábamos la vuelta al último recodo de la misma, cuando escuchamos a unos veinticinco metros el ruido característico de un animal enorme, que parecía venir atropelladamente en nuestra dirección. Medio asustado tiré las valijas y preparé el arma de fuego. Faustino hizo lo mismo e instintivamente nos subimos a un árbol. Podía ser un tigre y también una danta. Este animal cuando huye no se detiene ante nada y al aparecer en pocos segundos ante nosotros me quedé espantado. Era la primera vez que veía un tapir. Ya iba a disparar cuando el indígena me detuvo el brazo para decirme que no lo hiciera, que ese animal era sagrado para los indios de las bajas colinas (la bajura de la región), aunque algunas tribus de la parte alta donde la conformación ondulada del valle forma pequeños cerritos antes de llegar a la cordillera, donde nacen los dos ríos principales, si la comen y se sirven o servían de su piel para rodelas o escudo en sus luchas bélicas contra otras tribus.
El animal no nos vio, pero cuando hubo pasado un cuarto de hora bajamos del árbol para continuar nuestro camino. Entonces volví a preguntar a Faustino acerca de lo del águila, y pálido lo ví contestarme que eso quería decir que la Talamanca ya no me quería, y que si quería conservar mi buena salud era preferible que no insistiera en volver por esos lados. Calé un rato las palabras del indio y como aquello me parecía insólito por injusto, así se lo dije en su propio dialecto.
Yo te voy a ayudar a conseguir indulgencia. Quién sabe por qué motivos se te quiere alejar de esta zona. La aguililla la recibe siempre un amigo a quien se le pide que no vuelva y se desea que él conserve un grato testimonio de la antigua amistad, me contestó Faustino y volvió a retornar a su silencio.
Entre tanto, la jira a pie en trechos largos y en bote por los ríos se fue desarrollando normalmente hasta que no llegamos al palenque de Antón Kawe Ita. Advertido por mi compañero de la extraña conducta del Usékara, que por un lado me echaba de la región y por la otra me recibía cordialmente en su casa, me arriesgué a pedirle hospitalidad, la que inmediatamente me fue concedida. Llamó a su hombre de confianza y le ordenó alistarme el aposento de un rancho desocupado atrás de la casa. Se nos sirvió comida y unas copas de licor de una botella de ron adquirido posiblemente en uno de los comisariatos de la Bananera.
— Aquella acogida no podía ser más gentil. Como a las seis y media de la tarde llegaron las hijas del amo de la casa y se sentaron con nosotros. Entonces saqué mi dulzaina y toqué algunas piezas para alegrar más el ambiente. Hubo una nueva ronda de licor en la que tomaron parte las chicas y a la media noche la alegría era general. Cansado del viaje me retiré con Xirima a mi aposento y me acosté. No me había dormido todavía cuando sentí que alguien me tocaba. Encendí el foco y voy viendo ante mí a Tayegre, la bonita jovencita india que durante toda la velada no había dejado un solo instante de mirarme. Y me asusté y le pedí que se fuera, porque no quería líos con su padre, a lo que me contestó que perdiera ese temor, porque él ya estaba advertido de que esa noche ella vendría a donde el Kobistakara Ko a pedirle humildemente que la aceptara por su mujer. Aquello era incomprensible para mí, pero en ese instante se levanta de su hamaca Faustino y me explica que entre los indios es costumbre antiquísima de que sea la mujer la que pide al hombre su aceptación. Aquello era la explicación del motivo de por qué yo había recibido la aguililla de oro. La Piecita quería decir que no volviera, pero como había vuelto, lógico era suponerse que entonces yo aceptaba los riesgos de mi decisión, ya fuera para pelear de vida o muerte con un hombre, el derecho de seguir viajando entre los indios, o el de aceptar el noviazgo oficial de una mujer doncella, que me había escogido para marido, lo que al volver a la región había aceptado de antemano.
Tan inusitado me parecía todo, que a pesar de mis tragos pude sobreponerme y decir a la chica que me hiciera el favor de esperar para el día siguiente mi decisión. Que yo era soltero, pero que tenía una novia en San José a la que debía advertir de que rompía mi compromiso.
Tayegre y Faustino se echaron a reír. Mis palabras últimas les causaban hilaridad, pero no obstante, la chica abandonó el cuarto y yo me di vuelta a la pared y me dormí...
Muy temprano me levanté a desayunar. Faustino ya lo había hecho. Al entrar al salón comedor (debo advertir que el Usékara era un hombre civilizado, y su cabaña tenía la misma disposición de las viviendas de los blancos del altiplano costarricense) Tayegre salió a mi encuentro con una de sus más bellas sonrisas. Estaba peinada a la moderna y entre su cabello lucía una bonita florcita que la hacía verse más encantadora. Me senté a la mesa y pronto apareció una hermosa tortilla de maíz, unos pedacitos de carne de saíno o cerdo de monte, y un huacal de chocolate. Minutos después apareció don Antón y se acomodó a mi lado, iniciándose la conversación. Cuando lo juzgué prudente me referí al caso de la aguililla y a la interpretación que desconocía, ante lo cual yo pedía una reconsideración del asunto, pues consideraba que un matrimonio así, sin haber habido antes "jalencia", podía ir al fracaso más rotundo. Tampoco no ignoraba yo que Tayegre estaba comprometida con otro. Entonces salta la muchacha y frenética de cólera me dice que no es cierto. Y que si el blanco no la quiere por su mujer, que ella está dispuesta a perder. Pero que su vida ya no será en lo sucesivo lo alegre y feliz que era. Mi situación era difícil. Así lo comprendió el viejo y levantándose me dio la mano en señal de despedida. Tayegre salió del comedor llorando y viéndome en apuros, Faustino me toma del brazo y me saca de allí.
El resto de la jira fue pésima. Poca venta, mucha lluvia, mucho barro, riachuelos crecidos y una nueva resolución: no volver jamás por la baja Talamanca. Y he aquí el motivo por el cual jamás volví y el por qué tampoco nunca, nunca desposé una mujer. Yo no nací para el matrimonio". Esta es la historia de un anciano amigo mío, que un día me contara en un hotel de Puerto Limón, con motivo de la celebración de una boda en el mismo hotel, fiesta por la tarde a la que los dos estábamos invitados (pp. 173-178).
Es conveniente señalar que este trabajo es la obra de muchos años de reportear una gran cantidad de personas de avanzada edad en diferentes lugares de la República. Vocablos y términos permanecían inéditos para la exposición cultural, labor que hemos hecho procurando ajustarnos al dicho de nuestros mayores (p. 299).
Fuente: Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1966). Cuentos y leyendas costarricenses, 2 ed. San José, Costa Rica: Imprenta Tormo.
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