El ojo de Pacriquí - León Fernández Guardia
El ojo de Pacriquí
A mi distinguido amigo don Manuel A. Quirós
—Ustedes creen que todo el territorio de Talamanca ha sido explorado, que todas las tribus indias han sido sometidas y que nada nuevo existe allí; pero yo, que he vivido veintidós años entre esos indios; yo, que conozco los once dialectos que hablan; yo, que empujado por mi amor a la ciencia no he temido aventurarme en esas selvas inmensas en donde jamás se ha posado otro pie europeo; en fin, yo, que he penetrado los misterios más recónditos de su religión y para quien son un libro abierto las inscripciones que adornan sus vasijas y sus piedras talladas, les aseguro que Talamanca es una región aún más misteriosa que la India y que el África Central.
El que hablaba era el modesto y sabio explorador von Reschar.
Llegado al país durante la administración de Soto, solicitó permiso para explorar la remota región del Suroeste, que nuestros mapas señalan con el nombre de Talamanca. Durante algunos meses se tuvo noticias de vez en cuando de sus trabajos, pero muy pronto no se volvió a saber nada de aquel extranjero y no fue sino a mediados del presente año que inopinadamente llegó a San José con una admirable colección de vasijas y piedras preciosas, entre las cuales descollaba una enorme esmeralda del tamaño y de la forma de un huevo de gallina, tan limpia, tan perfecta y tan brillante que causó la admiración de cuantos la contemplaron en las vitrinas de la joyería de Ortiz.
Aquella piedra no tenía su igual en el mundo. En cuanto a von Reschar, se negó a conceder entrevistas a los comisionados que le enviaron diversos periódicos de la capital y manifestó que tenía en preparación una obra en la cual relataría con todos sus detalles sus experiencias entre aquellos indios y sus prodigiosos descubrimientos arqueológicos, lingüísticos, religiosos, etcétera.
De modo que, escuchábamos en profundo y ansioso silencio aquel exordio, que prometía una interesante historia, los cuatro convidados que habíamos aceptado una comida en el suntuoso salón-comedor del Imperial Hotel.
—Voy a referirme únicamente a la famosa esmeralda que tanto ruido ha metido en el mundo entero y que casi causa una ruptura de relaciones entre Inglaterra y Alemania, pues ambas naciones la querían para adornar la corona de sus soberanos. Los hechos que voy a referir parecerán fantásticos. Muchos creerán que trato de crear una leyenda que realce el valor de esa joya inestimable; pero, aquí para entre nos, esa esmeralda no la venderé por ningún dinero porque la reservo para un regalo.
—La corona de Italia pagaría por ella lo que usted pidiese —apuntó Benedictis, nuestro anfitrión, al propio tiempo que pedía la segunda botella de champaña.
—Estoy seguro de que el hijo del Celeste Imperio no regatearía —replicó Tam Puy Shum, otro de los convidados.
—Lo sé, señores —contestó von Reschar—, pero la esmeralda no está en venta, porque ya tiene dueño. Solo el emperador de la Rusia, el zar, podrá lucirla, pues yo se la he obsequiado.
Estas últimas palabras fueron dichas en tono extraño, enigmático, casi podría decirse que cruel, y la sonrisa que las acompañó nos dejó helados.
—Algún día ustedes sabrán quién soy yo y por qué he obsequiado esa piedra al zar de Rusia. Mientras tanto, básteles saber cómo llegó a mis manos.
Hacía ya veinte años que residía en medio de las diversas y desconocidas tribus indígenas que viven en la frontera entre Costa Rica y Panamá. Los indios me consideraban como a uno de los suyos, pues vivía, vestía, comía y hablaba como ellos. Naturalmente, mis conocimientos en medicina, porque soy médico, me habían colocado a gran altura entre aquellos salvajes que me consideraban como al jefe de sus suquias (médico), de modo que no tenían secretos para mí.
Han de saber ustedes que esos indios, a pesar de que parecen haberse convertido al catolicismo, son adoradores del fuego y del sol, y conservan la tradición de una magia negra de la peor especie. Con la mayor facilidad evocan seres astrales, producen fenómenos inexplicables, curan o matan a distancia y la sugestión mental, el hipnotismo, no les son desconocidos. Es decir —agregó, viendo mi sonrisa de incredulidad—, que manejan fuerzas ocultas y desconocidas como podría hacer un niño que jugara con un aparato eléctrico.
Pues bien; muchas veces había oído yo el nombre de Pacriquí, que no enunciaban así, sino silabeando la palabra y bajando la voz, así: Pa-c-ri-qu-í. Pero como la experiencia me había enseñado que nunca debe mostrarse curiosidad cuando se quiere saber algo entre los indios, a pesar de que deseaba ansiosamente conocer lo que significaba, nunca pregunté a ninguno de ellos.
Acababa de morir el último rey de Talamanca, Antonio, tan conocido en esta capital y, con motivo de sus funerales, oí nuevamente aquella palabra rara: Pa-c-ri-qu-í.
De todas partes de aquel reino enclavado en esta república fueron acudiendo indios hacia Túnsula (la casa redonda), residencia del extinto rey. Yo me vi también obligado a seguir la corriente, pues deseaba ver el ceremonial y los ritos que acompañarían a la tumba al último vástago de aquella teoría de caciques que gobernaron a Talamanca sin interrupción durante doce mil lunas.
No pueden imaginarse ustedes la enorme concurrencia que allí se reunió, porque los indios no reconocen las fronteras de sus conquistadores y del lado de Panamá llegaron por millares. Algunos venían completamente desnudos, pintadas las caras, brazos, pechos, estómagos y piernas con rayas negras, rojas y azules; otros lucían una especie de taparrabos y se adornaban el cuello con enormes collares de colmillos de lagartos y de serpientes; muy pocos usaban una especie de camisa sin mangas, de algodón ordinario, tejido por las indias y se cubrían el pecho con adornos de sílex, de ónice; y los menos llevaban pantalón de mezclilla, camisa de algodón y sombrero de vicuña.
Las mujeres, todas, lucían una manta muy estrecha y apretada, ceñida desde la cintura hasta las rodillas por todo traje y llevaban los cabellos trenzados en dos gruesas y pesadas trenzas que principiaban en las sienes y les caían sobre los pechos. Los dignatarios iban recubiertos de placas, águilas, cruces, ranas y muchos otros objetos de oro, y llevaban enormes y vistosas plumas de aves sobre la cabeza. Aquello era una verdadera torre de Babel, pues cada tribu habla un dialecto diferente, aunque tienen un idioma general que les sirve para entenderse los de una tribu con los de las demás.
El cuerpo del rey Antonio permanecía en el rancho mortuorio, colgado y envuelto por tres hamacas: una de algodón, otra de cabuya y la última de pelo de cabra de monte. A su alrededor habían colocado una especie de cerca de plantas espinosas para que nadie pudiera profanar, tocándolo, el cuerpo de aquel cacique. En tres puntos diferentes, formando un triángulo perfecto, ardían tres fuegos: uno de laurel, otro de guapinol y otro de chirraca.
Les haré gracia de las ceremonias de mayor importancia cuyo detalle nos llevaría demasiado lejos del objeto de esta narración y, solo por lo curioso, me referiré a la última y más solemne, que se llevó a cabo el séptimo día.
Durante la noche, a la luz de la luna llena y cuando estaba en mitad del cielo, fue sacado, en medio de un ceremonial complicadísimo y acompañado de un silencio imponente, el cuerpo de Antonio. Lo colocaron sobre un entarimado de varillas construido a propósito en el centro de una plazoleta. Millares de indios, silenciosos y prosternados con la cara al suelo, cubrían las inmediaciones. El gran Usecra, o sea, el que asume las funciones de Papa entre ellos, un viejo nonagenario y muy parecido a León XIII, se acercó lentamente, revestido de sus insignias sacerdotales, y con mesurado paso dio tres vueltas alrededor del cadáver. Luego, con una varilla de sauco bifurcada, golpeó por tres veces la cabeza, el corazón, el estómago y los pies del cadáver, llamándolo por su nombre indígena cada vez.
Un silencio profundo pesaba sobre la asistencia prosternada. La luz de la luna, en todo su esplendor en esos instantes, caía de lleno sobre el cuerpo de Antonio, que había sido sacado de su triple envoltura. El gran Usecra —¿sería ilusión de mis sentidos?— parecía haber crecido en estatura. Su gesto era amplio, noble; su verbo traía a mi memoria el recuerdo de ciertas palabras sánscritas o tal vez hebreas; y la entonación semejaba la del canto gregoriano. Ahora, con su varilla bifurcada, trazaba signos misteriosos en el aire plateado por el día lunar.
De pronto, en medio del pesado silencio y de una expectación intraducible, de pronto, el cadáver de Antonio se alzó bruscamente sobre el entarimado y vi, lleno de horror, abrirse sus ojos y una voz salió por entre sus labios inmóviles, repitiendo por tres veces la palabra: ¡Pa-c-ri-qu-i, Pa-c-ri-qu-i, Pa-c-ri-qu-í!
Y cayó hacia atrás con un golpe brusco y seco sobre el varillaje, al mismo tiempo que se levantaba de entre la multitud prosternada un grito, un clamor espantado y espantoso. La luna se cubrió de un denso velo y la tierra se conmovió en repentino sacudimiento.
Hoy que, sentado en este salón, en medio de la civilización, bajo la luz de la electricidad, recuerdo estos hechos, no sé qué pensar de ellos. Dudo de mis propios sentidos y leo con avidez las obras de Elifás Levi, de Platón, de Agrippa, y cien más que han escrito sobre ciencias ocultas, y he llegado a creer que verdaderamente existen ciencias desconocidas que algunos individuos tienen el poder de poner en movimiento.
—¿Y la esmeralda? —interrumpió el tercer convidado, un simpático médico.
Von Reschar sonrió amablemente:
—Ya vamos llegando a la famosa piedra, a la misteriosa esmeralda, ¡al ojo de Pacriquí! Tengan un poco de paciencia. Perdonen mis digresiones y que traigan otra botella de champaña, porque lo que me resta para referir es espantoso.
Una vez llenadas las copas, prosiguió nuestro narrador.
—¿Para qué contar las cosas misteriosas, extrañas, fantásticas que presencié durante esa noche? Fue una noche espantable en que vi domado al fuego; en que los animales selváticos eran manejados por unas pocas palabras; en que los muertos parecían haber sido convocados a una reunión general.
Por fin, cuando la luz del alba vino a teñir la cima de los cerros, cesó aquel sabat y volvimos a la realidad. El cuerpo de Antonio fue alzado en hombros y acarreado a través de la montaña virgen. Fue una jornada larga y penosa. Ya entrada la noche, llegamos a la cumbre de lo que supuse ser un altísimo cerro. El cadáver del cacique había sido colocado en una cueva iluminada por grandes fogones y estaba custodiada por una guardia de honor de siete veces siete nobles talamanqueños.
Al siguiente día, cuando penetré en la cueva, quedé asombrado. La profunda cavidad tenía unos cuarenta metros de altura, era de forma ovalada y de unos cien metros de largo. Enormes estalactitas se combinan con monstruosas estalagmitas y las paredes, de una roca volcánica durísima, están recubiertas de sales diversas en cristalizaciones extraordinarias que parecen enormes zafiros, diamantes deslumbrantes, sangrientos rubíes y glaucas esmeraldas.
Pero allá, en el lejano fondo, donde reinaba el misterio, un rayo de luz verde, caliente, titilante, hirió mis pupilas. Atraído, fascinado, avancé lentamente hacia aquel misterioso lugar. Una vez que hube atravesado una verdadera cortina de sombras, llegué al pie de un ídolo colosal de piedra.
La imagen que apareció ante mi vista era algo diferente. Dos cabezas unidas por un cuello único remataban un tronco que, a su vez, descansaba sobre unas piernas cruzadas. Una de las caras era masculina, de frente huyente, nariz aguileña, boca grande y cruel. Mostraba, en un rictus eterno, unos dientes que parecían colmillos, con un ojo único, verde: una enorme esmeralda en la frente. La otra cara era de mujer, de facciones menos pronunciadas, más redondeadas y su ojo, único también, permanecía cerrado.
(Continuará...)
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