Cuidadores de Keköldi

Cuidadores de Keköldi 

José Roberto Saravia 

Talamanca


Recuerdo que hace algunos años, al conversar con un amigo sobre una profesora de la universidad, nuestra plática tomó un rumbo caprichoso hacia lo inexplicable. Yo, para ser honesto, nunca creí en las historias eran nada más invenciones de las mentes crédulas y poco científicas, atizadas por la sugestión, por supuesto. No obstante, él me dijo que, paradójicamente, la docente sí creía. Incluso le había relatado una historia así a él.

Quise saber más. Ella, quien fácilmente duplicaría mi edad y cuya experiencia y nivel académico se hallaban diez veces por encima de mí, además, se dedicaba a la investigación. Yo admiraba a esa mujer de cabello ya gris porque siempre se comportaba de acuerdo con un agudo sentido crítico. Cada vez que la encontraba, ella cargaba pesados libros que usaba para sus proyectos. ¡Me era muy difícil asociar su imagen con cuentos paranormales!

—Déjeme que le repita lo que ella me contó y luego juzgue... —me recomendó mi amigo cuando me invitó a escuchar el relato.

Según le narró la mujer, ella y su esposo realizaron una gira con otros investigadores de la universidad para coordinar proyectos con la Asociación Kéköldi Wak ka Köneke (o Cuidadores de la Tierra de Kéköldi), en Talamanca. La idea era fortalecer la estación biológica en dicha zona.

Hasta ese momento, yo no sabía hacia dónde me conducía esa narración. Todo parecía perfectamente normal. De acuerdo con el relato, el grupo de investigadores se dividió para pasar la noche. Ella y su marido se quedaron en una especie de cuarto donde les proveyeron dos camas pequeñas.

Mi amigo hizo una pausa.

—Entonces, como a eso de las dos o tres de la madrugada, ella se despertó —prosiguió, bajando la voz—. La profesora me aseguró que lo que la había despertado era un murmullo tenue, pero constante. Aún adormilada, trató de aguzar su oído para intentar entender las débiles palabras. Entonces, el murmullo se convirtió en unas potentes voces que recitaban palabras incomprensibles. Según me dijo, la naturaleza y el tono de las mismas eran tanto indescriptibles como aterradores. ¡Me aseguró que parecía que las voces las profirieran varios sujetos incorpóreos que flotaban sobre sus camas!

Según me contó mi amigo, la mujer, presa del terror y con los ojos cerrados, no se movió. Escuchó el canturreo infernal por espacio de unos veinte segundos y luego, sin más, el silencio invadió la habitación.

—Me dijo que, cuando logró moverse, encendió una linterna y se volteó hacia su esposo. Lo encontró despierto, mirándola. Aun dudando de lo ocurrido hacía unos pocos segundos, le preguntó a él si había escuchado algo. «Sí», le respondió él, todavía perplejo, «¡las voces más horribles que he oído en mi vida!»

Varios años después, me enteré por un colega de algo más: en ese lugar existía un rumor sobre un awá quien, molesto por los abusos de los extranjeros en las tierras de Kéköldi, había utilizado su magia chamánica para alejar a los extraños y así proteger la zona.

Normalmente dudo de las historias que siguen esta línea, pero siento que la investigadora sí decía la verdad cuando le refirió esa extraña experiencia a mi amigo.


Referencia: Saravia, J. R. (2016). Cuidadores de Keköldi. En R. Saravia & P. Delgado (Eds.), Crónicas de lo oculto: Relatos de espantos y leyendas de Costa Rica (1.ª ed., pp. 102–104). Clubdelibros.

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