YUCUCATÁ-CANÍ (La Montaña de Fuego en dialecto Chirripó)

Ilustración por Arturo Bolaños.


 YUCUCATÁ-CANÍ (La Montaña de Fuego en dialecto Chirripó)

"Escrito con todo gusto y especialmente para todos los Estudiantes del Colegio de Turrialba".


Ocurrióme la quinta noche de mi llegada a las altas montañas de Chirripó. Fue un suceso que a pesar de los varios años transcurridos jamás olvidaré. Por intermedio de un buen amigo de la familia, había adquirido unos terrenos abandonados, ubicados en las faldas del macizo. Me acompañaba en esa oportunidad mi esposa en la inspección que de los mismos estábamos haciendo, y donde era nuestro propósito plantar la casa y las demás instalaciones de la hacienda.

Desde hacía varios meses veníamos planeando el viaje, pero siempre algo inesperado se presentaba y el paseo de mi señora se quedaba para más adelante.

Ese día, bien lo recuerdo, un cuatro de marzo, mi señora, mi sirviente de San José, el baqueano Andrés Palmita, mi perro y yo, habíamos salido del rancho de la finca después del mediodía, con el fin de conocer aquellas cumbres que a nosotros se nos antojaban como embrujadas.

Un poco más de dos horas tardamos subiendo en la caminata. Desde aquella altísima soledad contemplábamos el paisaje, extasiados hasta lo indecible. ¡Sí que era agresiva aquella espesura! Sobre el fondo verde azul de la lejanía se mostraba, en toda su pujanza, aquella naturaleza bravía y multiforme. El aire enrarecido nos apretaba los pulmones con lo escaso de su oxígeno. Filadelfo, mi sirviente, sentía ganas de vomitar, en tanto que María Elena me miraba como si fuera la primera vez que me conocía. Tuve temor y le ordené a Palmita que regresáramos al rancho. Me sentía cansado y también con náuseas. Más de una vez sentí como si aquella mole se moviera a mis pies.

Palmita nos contó entonces que aquel sitio era casi desconocido para todo el mundo. Los indios lo llamaban "Yucucatá-Caní", que en su lengua quiere decir "Montaña de Fuego", porque vista desde el más próximo caserío indígena, en ciertas horas de la tarde y de la madrugada, aunque no siempre, sobre aquel cerro donde estábamos en ese momento, se veían luminosidades que a los aborígenes se les antojaba que eran lenguas de fuego promovidas por entes maléficos.

Mi esposa estaba agitada. Tosía un poco y yo no me sentía bien. La altura nos estaba haciendo mal. Volví a instar al baqueano a que regresáramos, y sin usar las armas de fuego retornamos al rancho como pudimos, dos horas después.

Al llegar le puse el termómetro a mi señora y vi que tenía un grado y unos quintos de calentura. Como todavía no contábamos con un botiquín bien surtido, le dí unos sobrecitos antipiréticos para el dolor de cabeza, en la esperanza de que le harían bien para su jaqueca, y la obligué a meterse en la cama.

Palmita al verme en aquellos apuros, me avisó que iba a ver al zuquia de la tribu chirripó, un indio viejo y de buen corazón que vivía a una hora de nuestra finca. Trataría de convencerlo a fin de que viniera a ver a mi señora. Este hombre era el curandero de la tribu, muy acertado, gran conocedor del valor medicinal de muchas plantas y raíces de la montaña, el cual, con seguridad le daría una medicina que la restablecería inmediatamente.

Confieso que en aquellos momentos la idea no me pareció mala y acepté. Dos horas después retornó. Venía con tres compañeros. Uno de ellos era el Zuquia y los otros dos sus sobrinos, dos indios jóvenes y fornidos, de mirada profunda y enigmática„ vestidos casi a la usanza suya. Como ya era de noche cada uno traía un mechón encendido y el machete fuera de cubierta.

Los hice entrar y el zuquia, que ya traía una pócima, se sentó al lado de mi señora y con mi ayuda la hizo tomar. Un rato después dormía profundamente en su cama y yo al lado de ella.

Entre tanto, los tres indios fueron acomodados en el cuarto del sirviente, y Palmita se acostó en el corredor enfundado dentro de su cobija de lana y siempre con su enorme e inseparable puro en la boca.

Desde las rendijas de mi dormitorio yo podía ver dos partes simultáneamente: por el sur el pabellón donde estaban los indios y por el norte el claro de los potreros, en los cuales pastaban unos cuantos semovientes que había traído recién a la finca. Sobre el horizonte el paisaje, y con la claridad lunar el panorama se ampliaba hasta las cumbreras de los cerros, donde apenas se divisaba la montaña de fuego, por la forma cónica de la misma, fácil de distinguir.

Serían las dos de la madrugada cuando tres gritos espantosos se escucharon dentro del enorme vacío de aquella soledad de tinieblas. La luna no había desaparecido, pero la espesura de las nubes la ocultaban, y en la difusa luz del monte percibí, cercanas al yurro cantarino, tres sombras humanas que al poco fijar la mirada en ellas vi que eran nada menos que el zuquia y sus dos sobrinos, que iniciaban en esos momentos no sé qué ritos paganos y a cada salto y cabriola pegaban un grito estentóreo, en el patio de la casona de palmas.

Aquello me pareció estrambótico e hilarante. Me levanté, me vestí apresuradamente y, bastante disgustado, abrí la puerta, dispuesto a correrlos, pero en ese instante se me acercó Palmita y adivinando mi reacción colérica me dijo:

''No lo haga don Gilberto. Es peligroso. Déjeles que sigan su baile. En cambio, vuelva la vista al cerro y vea qué bello espectáculo luminoso se mira allá en la Montaña de Fuego.''

Este rito del zuquia se debe posiblemente a eso, y según este baile terrorífico, él y sus sobrinos están corriendo del rancho los entes maléficos del bosque o de la Montaña del Fuego que al regresar se vinieron con nosotros.

Alcé la vista y vi que, efectivamente, en la cima del cerro puntiagudo parecía haber una fogata que se apagaba y se encendía intermitentemente. El fenómeno era curioso y sin meditarlo mucho salté al patio buscando una altura y posición mejor para mirar, cuando se me acercaron los tres indios y tomándome del brazo me instaban a bailar.

Iba a repelerlos con la fuerza de mis puños, cuando Palmita se me acercó y me dijo que les siguiera la corriente y bailara yo también. No sé por qué lo hice, pero lo cierto es que segundos después yo estaba haciendo las mismas cabriolas y saltos y enseguida vi que Palmita y mi sirviente, todo asombrado, entraban al baile.

Los dos indios jóvenes se sentían satisfechos, y mientras de sus gargantas salían cánticos rituales en su extraña lengua, voy viendo con el mayor asombro que mi esposa se había levantado de la cama, y que envuelta en su pijama de seda entraba también a la pista pese a su reconocida seriedad y desdén por las cosas indígenas.

El zuquia cambió entonces de sonsonete y levantando la voz gritó: "Yucucatá Caní".

A lo que los otros le contestaban: "Yabasiva, siva, siva, siva…"

Cuanto duró este extraño baile indígena. No lo sé. Sólo sé que al caer rendido al suelo alguien me recogió y me dio a tomar algo, y que, al día siguiente al despertar, me encontraba en mi cama, y vi que mi esposa también estaba al lado mío. Sentí satisfacción y dí gracias al cielo.

Pero enseguida me dí cuenta de que no había sido un sueño y me puse a sonreír al recordar los sucesos del día anterior y la desesperante escena en que yo había tomado parte.

María Elena creía que había soñado y la saqué de las dudas asegurándole que ella también había bailado y que lo ocurrido era todo realidad, purita realidad. Además, ahí estaba también mi cansancio. Me dolían las piernas, los brazos y todo el cuerpo. Y ante tal evidencia no quedaba más que aceptar lo ocurrido.

De pronto llamaron a la puerta. Abrí y apareció el sirviente frente a mí, con una bandeja en la cual estaba el desayuno de María Elena y el mío. Tenía hambre y comí opíparamente.

Terminábamos de comer, cuando escuchamos la voz de Palmita, siempre amable y con su enorme puro en la boca; venía a saludarnos. Le pregunté por los indios y nos contestó que se habían ido muy temprano, después de cerciorarse de que en realidad los entes de la selva no habían podido penetrar y quedarse en mi finca gracias a ellos y a sus "remedios".

Según su parecer "Yabasiva, siva, siva ... (muchacha bonita, bonita, bonita), que era mi mujer, había atraído los duendes del monte. Los entes se habían venido detrás de nosotros, desde la Montaña de Fuego, pero gracias al Zuquia y su Sabiduría, habían salido huyendo con destino a Yucucatá-Caní, y esto gracias a los conjuros empleados, y al baile de los espantos aquella noche.

Han pasado varios años. La finca de ayer es hoy una hacienda en bonanza, y aunque yo estoy curado de espantos, y no creo en ellos, no dejo de agradecer a mis amigos los indios, sus intervenciones favorables, y el valiosísimo servicio que me hicieron aquella madrugada, al echar de mis predios aquellos inmundos diablillos, que querían robarme mi esposa y dañarme la finca.


Fuente: Rodríguez-Gutiérrez, R. A. (1960). Cuentos y leyendas costarricenses, 1 ed., p. 37. San José, C.R: Empresa Editora Centroamericana. En: https://ufdc.ufl.edu/UF00078437/00001/images/0

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