Los zopilotes, mensajeros del cielo

LOS ZOPILOTES, MENSAJEROS DEL CIELO

Dicen los indios Bruncas: "Dejemos que los zopilotes se coman la carne de los valientes guerreros muertos en la batalla: así, cuando vuelen remontándose en círculos majestuosos, ellos llevarán a su Casa del Cielo, a la Casa del Sol, las almas de los valientes que derramaron su sangre, mucha sangre que el sol se bebió"

Zopilote, emisario del cielo. Zopilote, ave sagrada.

El zopilote enseñó a nuestros padres la danza y el canto y esto sucedió así:

Una vez el dios creador, el propio Sibú, bajó de lo alto del cielo y en apariencia de zopilote se presentó a nuestros antepasados; entonces les enseñó a formar los círculos de la danza ritual y también les enseñó las palabras mágicas del canto.

Así es la danza del zopilote: puestos en rueda, sostengámonos en un solo pie; pongamos una mano sobre el hombro del que va adelante y dancemos al compás del tambor mientras vamos cantando:


"Vino, vino Sibú.

Traía el collar reluciente.

Parecía un rey de zopilote.

Nos enseñó a danzar,

nos enseñó a cantar.

Después se fue,

se volvió, a la Casa del Sol,

de donde habia venido".


Los indios cunas de Panamá, parientes de raza de los Bruncas, cuentan esta otra leyenda de los zopilotes:

Vivía con su familia una india muy vieja y muy pobre. Por más que buscaba por todas partes no encontraba que comer ni para ella ni para su familia. Un buen día se le apareció un forastero y la llevó a su pueblo, allá arriba.

Cuando las gentes del lugar se dieron cuenta de la desaparición la anciana, buscaron la ayuda de un nele o hechicero que vivía en el poblado. Este les dijo que un zopilote bajó a la tierra en forma de hombre, se había llevado muy lejos a la viejecilla. Después se supo que ella, transformada en zopilote, bajaba junto con las bandadas de zopilotes que buscaban alimento.

El nele les dijo a los del pueblo que, con su poder mágico, él haría que los zopilotes bajaran a la tierra junto, con la anciana y que a ésta la reconocerían por su manera de volar con las dos patas colgando. Les aconsejó que se ampararan a un gran árbol y que construyeran un encierro para aprisionar a la viejecilla zopilote; la gente siguió los consejos del nele y lograron cazarla; la llevaron al pueblo y la desplumaron; durante algún tiempo ella graznó y comió como si fuera un zopilote; pero a fuerza de ensalmos y bebedizos al fin recobró su ser humano.

Habló luego y contó que durante el tiempo de su desaparición había vivido en el mundo de arriba, allá donde tienen su casa los zopilotes; dijo que estos viajaban en un gran bote, llevando las almas de los muertos, y que al llegar a cierto sitio empezaba el bote a navegar en círculos y más círculos, y que por eso es que nosotros vemos que los zopilotes hacen círculos en el aire cuando vuelan y se remontan al cielo. Esto fue todo lo que contó la vieja.


Fuente:

Sáenz, C., L. (1958). Las semillas de nuestro rey, página 41.

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