Guaria Dorada

RETORNO AL FOLK-LORE

La literatura vernácula ha tenido en nuestro país dos etapas: aquélla admirable de que nos hacemos lenguas, iniciada por el Padre Garita, y llevada a planos no superados, en la prosa por don Manuel González Zeledón y Carmen Lira, y en el verso por Aquileo Echeverría.

La segunda etapa tiene su expresión más bella en la década del 40 de esta centuria, con el grupo de novelistas que incorporan de lleno el sentido social a nuestra literatura folk-lórica y aflora con "Vida y Dolores de Juan Varela", de Adolfo Herrera García y alcanza plenitud con las novelas de Fabián Dobles y de Carlos Luis Fallas.

El arte vernáculo siguió generalmente la línea de la menor resistencia: marcó el camino de la rutina, sin que le alentasen nuevos rumbos, ni que se extrajera de esa fragua sorprendente que es el alma popular nuevos motivos que le dieran a nuestra literatura una fuerte expresión. ¿Sería acaso que, siendo nuestro medio geográfico de tonos suaves, el producto humano del mismo también mantiene cierto equilibrio que le ha dejado ayuno de los grandes cambios y de las mutaciones que se han operado en otros medios?

No podríamos, sin embargo, hallarnos descontentos con la obra que plasmaron antaño Magón y el Padre Garita, don Ricardo Fernández Guardia y Yoyo Quirós, el guatemalteco Máximo Soto Hall, Aquileo, Pacheco Cooper, don Fabio Baudrit, María Fernández de Tinoco, Lisímaco Chavarría, Carmen Lira, don Joaquín García Monge y tantos otros de las viejas promociones literarias y de las más recientes, los arriba citados y en el poema Andrés Meza —doliente a lo Medina— José Ramírez Sáizar, Aníbal Reni, de quien hay que decir que también destaca en la prosa costumbrista, y algunos más que, como Euclides Chacón Méndez, han hecho obra apreciable.

Pero el costumbrismo ha bajado grados. Acaso diríamos que para las nuevas promociones literarias ha perdido valor e interés. Los de "la última góndola" prefieren temas más universales y el regionalismo va de capa caída.

Por eso es que hemos quedado gratamente sorprendidos al leer los originales de "LA GUARIA DORADA", un boceto de novela que en estos días hemos tenido a mano, original de Mario Acevedo Arrasty.

No podríamos decir gran cosa de este autor. No le conocemos personalmente. Pero nos basta este fruto de su espíritu, para tomarlo en serio.

Trabaja con gallardía la trama de una leyenda que ubica en Escazú, ese lugarcillo como de encanto que para nosotros tiene tanto atractivo, acaso porque en él pasásemos algunos de los tiempos más inolvidables de nuestra niñez.

No vamos a privar a los lectores de la miel sabrosa de esa leyenda novelada —un cuento largo, sabroso, donde se introduce con el elemento sustantivo de la historia, la gracia —poesía de la historia que decía el maestro Zambrana— de lo legendario. Tiene la obrita en cuestión hondo sabor terrígena y reúne, dentro de su género, la mayor cantidad de factores que la transforman en un todo atractivo, sugerente y que deleita.

"La Guaria Dorada o Sol de Oro", enseña y agrada. ¿Qué más se puede pedir en esta obra que es como decir, un retorno al folk-lore?


José Antonio ZAVALETA.




Guaria Dorada o Sol de Oro

Por Mario Acevedo Arrasty.


N. de R. — Con la presente, iniciamos la publicación del sugestivo relato escrito por don Mario Acevedo A., una efectiva contribución al folk-lore costarricense.


GUARIA DORADA O SOL DE ORO (Leyenda)

Como de costumbre salí en búsqueda de plantas extrañas por la cordillera de San Miguel, ubicadas al Sur de la capital y ricas en variedades florales y en particular orquídeas. En Escazú, esa pintoresca villa, anduve por algunas de sus verdes montañas, sus urdidumbres y macizos los que perennemente están cubiertos de musgo rosado y verdoso, localizando variedades y especies nuevas para mi colección plantífera.

Ya de vuelta y cargado de parásitas y distintas flores, busqué descanso en el rancho pajizo de ñor Pancho Yamaré, hombre en los umbrales del sesquicentenio, según cálculos suyos y lo que yo no aseguro como cierto; bastante leído y, se puede decir, autodidacta campesino-aborigen, ciento por ciento. Era famoso por sus narraciones folklóricas y renombrado en la aldea escazuseña como patriarca ejemplar de la raza indígena, que dicho sea de paso, era el último de esa extinta raza, conjuntamente con su esposa, la anciana aborigen ña Ricasia. Me agradaba este paraje emoliente y encumbrado de La Laja, a la sombra de la Piedra Blanca y a la vera de sus faldas, por cuanto desde allí se admiraba la capital y toda la amplitud de la Meseta Central, Heredia, Alajuela y pueblos circunvecinos en tonalidades pictóricas como la postal a través de un kaleidoscopio.

Ñor Pancho Yamaré ya arrastraba sus pies resguardados por unos caites, sobre el piso terroso de su rancho primitivo, al que cubrían unos catres con cobijas remendadas pero aseadas. Su esposa, ña Ricasia de ojillos vivarachos y oblicuos, solía sentarse en un taburete desvencijado para oírnos charlar y ella, de cuando en vez, intervenía en la conversación, con su dejo indiano y por lo general parca en su expresión. Me obsequiaban con café humeante y una especie de arepas que ya se desconocen en nuestros días, mientras yo, sentado sobre una gran lisa piedra, que era mi hábito, sorbía el café nectáreo, fumándome un cigarrillo. Ñor Pancho hablaba algo enredado pero elocuentemente, en una especie de monserga. Sin embargo, ese típico y original lenguaje, no intentaré manifestarlo aquí, sino más bien, en palabras claras y usuales; aunque sin prescindir del dialecto indígena ya olvidado por completo en el hogaño.

— Ñor Pancho— le dije entre sorbos de café, bajando las arepas que se me atragantaban e inhalando el azulejo humo del pitillo con fruición 

— Ya aquí cuesta encontrar matas extrañas, y en especial parásitas... Me refiero a las guarias.

— Es que la gente de San José han invadido todos estos rincones— explicó indicando con un gesto las serranías y prendiendo a su vez una vieja pipa con una brasa del fogón que le alcanzó ña Ricasia— Ya tuitico esto lo andan los boyescautes y hasta mujeres de la capital que vienen empantalonadas y pintadas hasta las orejas. Referente a las parásitas, antes las había que colgaban de esa piedra como aretes y pegando al suelo. Lo recuerdo como si fuera ayer nomás. ¿Ricordás Ricasia?

— Si — intercaló la anciana— ya esto no es como hace años. Ricuerdo mis papases y agüelos que eran dueños de tuitico esto... Que sus maices crecían grandes y de mazorcas enormes y ricas. Tuito ha cambiao ya... Hasta la tierruca se ha secado ya y no produce como antes. Válgame Tatica Dios.

— Pero Uds. viven aquí felices y nadie les perturba.

— Si. Najides nos ha molestao nunca. Antes sí ricuerdo que los murciélagos y vampiros se llevaban nuestras gallinas y chanchos y chupaban la sangre de los rucos, pero eso ya se ha ido— rememoraba ña Ricasia suspirando y echando una mirada a la lejanía campestre— Aura to ha cambiao; hasta el cielo ende sol zopilotes habían, aura los airoplanos con su bulla del diablo lo asustan a uno.

— Por eso es que han creído en brujas aquí, pues en ciertas noches de luna, se espiaban los grandes bultos con grandes alas de esos bichos vampiros capaces de alzar a un cristiano y desde la ciudá, que la gente es tan novelera, creían ver brujas montadas sobre escobas, cuando solamente eran enormes vampiros— aseguraba ñor Pancho pufeando su cachimba que crepitaba con el viento de la tarde fresca

— Pero tuitico, como ya le dije, ha cambiao ya. Los vampiros llevaban en sus garras corales y otras culebras que de lejos parecieran palos de escoba y una bruja montá sobre ellos. Too eso comprueba lo de las brujas de Escazú.

—Pero esas son fábulas —aseguré— Ya nadie cree en brujas hoy en día. En estos tiempos ya nadie cree en eso. Ya todos esos temas fantásticos están agotados y pasaron a la historia como el cadejos, la cegua, la llorona y el lobizón de Sur América... Como el ánima en pena, el fantasma y la aparición, el mico malo y tantos otros seres de distintos nombres y significados, según las razas, costumbres o climas...

— Pues yo francamente no creo en brujas aunque sí en maleficios, igualmente en el cadejos, la cegua y la llorona —inmiscuyó ña Ricasia enfáticamente — He visto muchas cosas en mis años para dudar de esos seres de otros mundos...

— Yo también— dijo ñor Pancho y agregó, luego de golpear su cachimba sobre el caite para botarle la ceniza y el tabaco achicharrado — En los años que llevo, que si no me equivoco, son ciento cincuenta para no pasar por mentiroso... Pero créame, que sí existen tuitas esas sombras del otro mundo... Si usted hubiera visto lo que yo he visto...

(Continuará)


Guaria Dorada o Sol de Oro

-2- 

Por Mario Acevedo Arrasty


Si Ud. hubiera visto lo que yo... Nada repuse ante las creencias de esos seres supuestos, toda vez que sabía que nada conseguiría con intentar persuadirlos y encaminé la conversación por otro sendero. 

— Sí... Pueda ser que sea como Uds. dicen y exista algo... Es cuestión de verlo. 

— Claro está, —enfatizó don Pancho Yamaraté volviendo a prender su pipa, pero esta vez con un fósforo que me solicitó. En tantos años que llevo de vida, "ricuerdo" tantas cosas...! La carreta sin "güeyes", el padre sin cabeza... 

— Es verdad que Ud. debe de haber sido testigo, según sus años, de muchos acontecimientos y cuando todo esto era aún matorral; una aldea primitiva... 

— "Entuavía ricuerdo" que habían palenques en forma cónica y piramidal con sólo una puerta al extremo, como era costumbre de mis antepasados, los indianos... Venidos de todas partes y una mezcolanza que vivía aquí, de ascendencia de "Botos", "Garobareques", "Cotos", "Cochiras", "Cobs", "Huétares", "Chorotegas", "Acerríes", Corrirabas, "Topoyanes", y también del bello "Corrohorè" de Quepos, íntimo amigo del Adelantado Vázquez de Coronado quien rescató a su hermana Dulcehe de los "Cotos"... Había tanto cruce que no se sabía con certeza si mis tataragüelos eran "Talamancas", "Chirripoes" o qué raza... 

— Eso ya se pierde tras los siglos, ñor Pancho... Porque según los datos, Vázquez de Coronado entró en el país en 1562, y en tres jornadas llegó a Garcimuz... 

— Mis "agüelos" me "deceivan" que antes anduvo otro blanco de barbas color de oro que vino de la provincia de Nicaragua y que se afincó por Chomes: un tal Cavallón... Que trajo caballos (tal vez por eso se llamaba así) chanchos y vacas, que no se conocían en Costa Rica antes... 

— Es cierto —recordé yo— pero con anterioridad, creo que fue en 1560, anduvo por este país Estrada Rávago que, según los datos, pasó junto con sus hombres mil penalidades y hambres, llegando al extremo de comerse sus perros y hasta zopilotes y culebras y rata de monte... 

— ¡Hujú...! Es verdad... Mis "agüelos" contaban "tuitico" eso... Los "Tiribíes", "Chirripoes" y "Talamancas" dijeron que esas gentes les robaban todos sus alimentos y cosechas y eran inmorales con sus doncellas y esposas y que su codicia llegaba al extremo de saquearles sus cosechas y el oro y todo cuanto de valor poseían... Makur-Dueri-Wak-Seruna (gente mala con balas). 

— Es cierto —inmiscuyó ña Ricasia parándose para entrar al rancho y ojear los frijoles que hervían en la olla, haciendo sonar la tapa—. A las mujeres "Urinamas", "Cabécares" y "Talamancas" se les manoseaba por esos hombres de largas barbas y ojos malos, y les tocaban las almillas de mastate, cortas y angostas que cubrían sus formas... También las bandas de algodón que eran de seis pulgadas de ancho y de más de vara y media que les cubría las partes de cates... Mala gente esa, señó, mala gente...! Si.Kua-pa-Seruma (extranjero malo). 

— Sí; es cierto... Eran gente en su mayoría temerarias, aventureros y con frecuencia pillastres —dije yo sonriendo en pensar en nuestros pérfidos antecesores. 

Ña Ricasia entró a sus quehaceres y quedamos ñor Pancho Yamaraté y yo solos... Mirando hacia San José, con párpados entornados, los codos apoyados sobre las rodillas, una mano sosteniendo una mejilla y con la otra que sostenia la pipa, hizo un ademán que se me antojó el de un hechicero o "awa" o el de un supersticioso sacerdote "usekra" o "tsu-gur" de aquellas tribus que cohabitaban estas regiones montañescas, y ya desaparecidas en la remotidad de los milenios... 

— Todo eso se ve allí... la capital... Yo "entuavía ricuerdo" que era una pequeña aldea... Era gobernada por un "señó" Juan Fernández de Bobadilla... Estamos ahora en el año 1920... Es decir, yo nací "sigún" mis cálculos en 1770... Mejor dicho, cuando San José era la villa de "Boca del Monte" o "La Villita" o "Villa Nueva". Hay tantos años que se me confunden en las telarañas "adientro" de mi cerebro y en los años vividos que son muchos..., ciento cincuenta... Y "entuavía" me siento "juerte"... Ah, mi raza... "Ricuerdo" que "tuitico" esto era montaña, como antes le dije, y el río Tsa.wo (Anonos) había que cruzarlo a pie... La Sabana era maleza y árboles de Uruk-Tsejs (cedros) y a lo que llamaban Centro con una iglesita muy fea y "descuidáá" tenía cerca aunque no alrededor, unas treinta casas de teja feas y casi derrumbadas y otro tanto de ranchos de paja... Eran tan perezosos los vecinos de Aserrí y los alrededores... "Villa Vieja", que a veces vivían cerca de la iglesia y no tenían ni agua y hubo que hacerles acequias para llevárselas pues como le dije, eran holgazanes como "naides". 

— No dice Ud. mentira —rememoré rebuscando en mi cerebro nombres que leí en el colegio en los textos de historia y que tan lamentable y rápidamente olvidé, pensando que ñor Pancho conocía mejor el pasado de mi tierra que yo, con todo y ser un campesino. San José estaba en lo que se llamaba el Valle de Aserrí... Y creo que después existieron dos pequeñas iglesias de las cuales los vecinos no se preocupaban gran cosa... Tanto era el abandono de esa gente por esas ermitas o iglesias y tan renuentes estaban por poblar sus alrededores, que en 1751, el obispo de Nicaragua Pedro Agustín Morel de Santa Cruz, llamó la atención de ese sucio caserío, sin calles ni agua, a las autoridades para que éstos hicieran entrar en razón a los reacios vecinos del valle y que vivían diseminados en sus predios o haciendas y que no se ocupaban en lo más mínimo de la iglesita principal cuyo titular era San José. Creo q' fue por allá del año 1736 que se había ordenado la erección de la otra ermita o iglesia en "Boca del Monte"... El gobernador de Cartago, por el entonces era Juan Gemmier y Lleonart, quien mandó orden terminante al capitán Manuel de Castro, eso fue en 1747, para que indujera a los vecinos a poblar ese punto; empero estuvieron, como siempre, impertérritos e inmutables, remisos y encaprichados a desoír las órdenes. Se valieron de todas las argucias y mañas imaginables para hacerse escurridizos a los mandatos, cosa muy propia de nuestros campesinos a entrar en razonamientos cuando se trata de cambios o leyes nuevas... Nadie los hizo entrar por ese camino y al mismo capitán, Tomás López del Corral, alcalde ordinario del entonces (1755) que también les notificó que poblaran el caserío, le desoyeron, haciéndose los sordos de remate con una estulticia y contumacia digna de mención... Hasta el año 1777, la gente principió a dejar sus ranchos, o "buhíos" como se les decía entonces, para ir lentamente acercándose a lo que hoy es San José... Los españoles de la colonia, habrían notado que los conterráneos eran más testarudos que ellos mismos... Por estos días Ud. debe de haber tenido unos seis o siete años, don Pancho... Francamente Ud. es un Matusalén del siglo XVIII... 

— Pero así es —aseguró enfático—. Ni quito ni pongo... Cuando yo nací, este pueblo de Escazú, estaba poblado si acaso, por una veintena de gente blanca; el resto eran mestizos o indígenas, y se iba a la capital por una trocha que en invierno era intransitable y solamente a lomo de caballo o mula y en carreta se lograba transportar la cosecha a San José... Esto era remoto y desde estos cerros sólo montañas y malezas se divisaban al Este y Norte... Según yo comprendía en mi infancia, las gentes eran muy "probes" y desaseadas por todas partes, y los ríos eran el único lugar donde se abastecían de agua... San José era entonces atrasado como qué... Figúrese entonces cómo sería esta Villa en el entonces... Hasta mucho... Mucho tiempo "dispués", "prencipiaron" a formarse casas de adobe con tejas y hacerse calles con piedras y plazas llenas de zacate y con grandes árboles S. José. Al tiempo... tiempales y tiempales, "prencipiaron" a poner faroles en las calles, los que alumbraban unos hombres que les "deceivan" serenos a las seis de la tarde y que llevaban un pito "prendío" de un mecate y a veces de una cadena de cobre y que recorrían ciertas calles gritando... "Alerta". Luego otro por allá, que también llevaba pito y una cutacha, le "rispondía", "Alerta está"....



Guaria Dorada o Sol de Oro

.3- 

Por Mario Acevedo Arrasty


También tocaban el pito por ahí de las doce de la noche y el otro la repastaba en igual forma y así, en "tuitica" la noche, sólo un piterío se "oiva" por "tóo"... Ah, qué tiempos... Qué tiempos, tatica Dios...!, que se van y no vuelven más... Eran tiempos "atrasaos", pero que Dios me valga, que no los cambio por los de este año de 1920...

— Ya me lo figuro... Pero cuénteme —rogué, ya curioso y despertando acuciosidad por el antaño de Costa Rica, tan confuso, por cuanto siempre creí que existía divergencia en los conceptos históricos, sociológicos y técnicos del entonces—, Cuénteme algo... Algo que no sea común y que Ud. debe de saber... Algo de su raza ya casi extinta hoy en día...

— Pues cabalmente no le había dicho que le iba a contar la historia de Sol de Oro y La Guaria Dorada? ...Aunque le advierto que es muy cierta; que me oiga tatica Dios que "tuitico" es cierto...

— Soy todo oídos, don Pancho...

— Pues la Historia "prencipia" con Sol de Oro, una india rubia..., y blanca...

— Blanca y rubia? —inquirí sorprendido—. Cómo así? Se había cruzado con los españoles de la conquista? Aunque opino que de haber sido así, hubiera sido mestiza... pero no surutene (blanco) como dice Ud.

— No "señó"... Era blanca como nube de algodón y sus cabellos eran rubios como cuando sale el Sol en las claras mañanitas de verano...

— Me sorprende Ud., ñor Pancho...

— Según me contó mi padre —espetó haciendo caso omiso de mi sorpresa e incredulidad— a quien a su vez le contó su "agüelo", y a éste su padre que lo conoció también de su "agüelo", esto aquí, era una gran colonia tribal que se comunicaba por trillos y caminos con Talamanca, Chirripó, Parrita, Quepos, Boruca, Cariari, Tucurrique y en fin, con "tuiticas" partes por esas montañas que sólo ellos conocían como sus manos... El jefe o cacique era el feroz "Ñandabuyá", dueño de "tuitico" de lo que de aquí se puede divisar... Odiaba a los españoles y su raza era una mezcolanza como la Vía Láctea, que llaman Uds... Era "Cabécar" y ligado con los Toxas, que, como Ud. bien sabe, eran familia de los Térrabas y que habitan en Boruca... Muchos aseguraban que llevaba en sus venas sangre azteca y hasta que era cruzado con la raza de los "Cahuilos" y "Diegueños" de la California, ya que ciertas costumbres y ritos de su tribu, y sus ceremoniales, tenían símil con los de esas razas... Aunque mis "agüelos" le contaron a mi padre, que por su genio bélico parecía descender de los "Charrúas" o "Araucanos"... Wep-tequenes que llegaron en Kano-Tseis... (hombres fuertes que llegaron en canoas).

— Muy interesante... Muy interesante —asentí prendiendo otro cigarrillo y ofreciéndole otro a ñor Pancho, el cual guardó en su raída chaqueta, para echar su tabaco después en la pipa—. Prosiga Ud.

— Pues me "deceiva" mi padre que esto sucedió cien años antes de que se fundara Cartago por los españoles..., y andaban los 3 mamú-aruna-eh- por todo... (los tigres bravos).

— Cartago se fundó en octubre de 1563. Su alcalde fue Alonso de Anguciana de Gamboa; me parece que durante el reinado de Felipe II... Entonces fue en 1463, treinta años antes de arribar Cristóbal Colón a Caray, hoy Puerto Limón... Hace su bicoca de años; nada menos que 457 años...

— Francamente yo de fechas y de números no puedo decir; me ciño a lo que mis padres me dijeron... Ellos me hablaban de "Cariari", "Quiribí" y de la "Huerta"... pero Sol de Oro nació mucho antes de venir esos españoles a Veragua, como "deceiva" mi papá... Pues como le contaba, "ñandubay" tenía costumbres raras... Fumaba pipa continuamente echado en su "kibú" (hamaca), y aunque feroz, los mejores músicos le adormecían sus siestas tocando el "sabak" pitos de "güeso" o barro; raspando sobre una desecada piel de armadillo con una semilla descomunal, revoleaban maracas y soplaban gigantescas oscarinas, formando así la predilecta música de rara armonía y extraño rito monótono de mi raza, la que yo tanto amo... Comía abundante "quilite", pejivayes, plátanos, y le encantaba el chocolate, bebida favorita del dios Zibú y la chicha burbujeante y fuerte... Pero me alejo del tema, como dice Ud...

— Nada importa, Yamaraté —expliqué, ya sintiendo que no estaba ante el escazuceño ñor Pancho, sino ante un verdadero ejemplar indígena Talamanca, Cabécar, Térraba, Changuene, Torresque, o Zeguas, tan dúctil e impresionable es la mente humana—. Siga Ud. contándome a su manera, en la forma que quiera y lo que quiera, pues soy todo oídos...

— Como le "deceiva" —prosiguió haciendo ademanes con la pipa y gesticulando—. Los de mi tiempo podían tener varias mujeres...

— Sí... Les agradaba la poligamia... Aunque solían poseer una preferida... Como en los serallos o harenes orientales, que siempre tienen una odalisca...

— Yo de eso no entiendo mucho —admitió— pero como le "deceiva", "ñandubayá", que vivía a sus anchas, por no decir en opulencia, ante el frescor y protección de una sola gran montaña que aquí había en el tiempo ese (ya que cuando esto sucedía, no existan estas piedras que ahora componen estos macizos, sino una sola mole que en aquellos días se llamaba Ixaxú).


Guaria Dorada o Sol de Oro

— Algo de eso hay, creo yo,— aventuré sin estar seguro de ello sino más bien para no quitar interés a mi interlocutor, quien a todas luces, estaba poseído de su inspiración racial, y ñor Pancho Yamaraté prosiguió entusiasmadamente:

— Cuando nacía un hijo, para dar a luz, se retiraba la mujer a un palenque alejado y hecho exprofesamente para ese objeto. La parturienta se encerraba en este recinto provisional hasta dar a luz. Una vez venida al mundo la criatura, la madre era sometida a una ablución o un baño para purificarla. Esta ceremonia la realizaba el awa. Este hechicero sahumaba el agua con el humo de su pipa a medida que pronunciaba palabras cabalísticas para ahuyentar a los espíritus malignos. Se solía poner nombres a los niños de animales, plantas o cualidades, pero al nacer Sol de Oro, no hubo necesidad de acudir a tanta cosa, toda vez que por sí misma se dio el nombre: era un sol dorado en toda su manifestación. Se puede usted imaginar el revuelo que causó el advenimiento de criatura semejante entre esa gente supersticiosa y moruna. Ñandubayá llenó de cólera, pues se sintió traicionado por Turrucará, su mujer, la miró de hito a hito. Pero la madre estaba tan azorada y perpleja como él. No se explicaba el nacimiento de esa niña rubia y bonita como el capullo de la rosa tempranera. Sin embargo, presintió lo que estaba por suceder con sólo mirar los ojos chispeantes de su marido; sería inmolada viva por haber sido poseída por los maléficos fluidos de bukurú o nya, genios que se esconden en lugares inaccesibles —como era entonces este cerro— y dan esencias malas por doquier se hallen...

Los usekras, awas y tsugures, fumaron sus pipas revestidos de túnicas mortuales y con barbas hechas de musgo y clematis dioca. Fumaron sus pipas echando espirales y bocanadas de humo sobre la fogata crepitante para dispersar la atmósfera maligna de Bi, Au, y Kagró, que en dialecto Tiribí, Bribri y Boruca quiere decir diablo... Guturalmente lanzaron terribles aullidos y entre pujos y mímicas satánicas, expresaban palabras cabalísticas y finalmente maldijeron a Turrucará y se prorrumpió en una macabra y acompasada letanía: Makakuta Kai, Chekeketra Kai, Delari Kai, Yetumariá Kai, Azutribára Kai, Makabé Kai...

Al pronunciar pausadamente estas palabras, Yamaraté hacía gesticulaciones extravagantes, que podrían también llamarse diabólicas. Me sentí inquieto y miré para la zaga huidizamente y soslayando los ojos hacia La Laja... Como un levísimo retumbo se escuchó...

— ¿Oyó Ud. Yamaraté? ¿Oyó ese retumbo o es el eco de algún trueno que se encajona aquí, a causa de la acústica y los metales de esa mole de piedra? ¿O es que conjuró Ud. las almas y revivió ese pasado ya enterrado por los siglos?

Hizo caso omiso a mis frases y continuó:

—Ñandubayá, con Turrucará ante él, le dijo sentenciosamente: “¿Qué significa esto, por Zibú? Habla que vais a ser inmolada y tu corazón será arrancado vivo y colocado en los ovales vasos sagrados, con las manos de los Use-Karas y Sukias de mi tribu. Los isogros principiarán los cantos fúnebres del mitote. Vais a morir por adúltera y por violar la ley de nuestro clan. Aunque debíais de ser enterrada viva”. Cuando Turrucará oyó esto, corrió despavorida y se internó en la montaña huyendo. Varios jóvenes indios se prepararon para correr tras de ella, pero Ñandubayá ordenó con voz de trueno: “Dejadla que es poseída por bukurú y nya. Que Bi-au-kagró se la lleven. Dejadla que entre a la Montaña Sagrada que Zibú la castigará”. Diciendo esto, tembló y cayó agua.

— Emocionante— aseguré nervioso — ¿Y no volvió?

— Jamás nunca entró a ese cerro, que de ese momento Ñandubayá había dicho que era sagrado, y desde ese momento, así se le consideró. Sagrado por los siglos de los siglos... Y Turrucará llevaba encima la maldición de los usekras y awas y tsugures y de toda la tribu... Sus palabras las cumplía el dios Zibú... ¡Jamás apareció...!

— Y a Sol de Oro, ¿qué le aconteció? 

— La consideraron como diosa, y creció bella y hermosa en la tribu y todos la adoraban... La leyenda lo decía claramente... Ya no existe prueba de ello, pero es cierto, muy cierto... Los más valientes de la tribu se la disputaban, igual que todas las tribus, se puede decir, de América. Hasta los lugares más remotos llegó la noticia de este inaudito suceso, y de la belleza de Sol de Oro. Los Huétares, Caribes, Arawaks, los Bunkas, Chibchas, Chorotegas, Guatusos, Oroses, Siux, Tucurriques, Toltecas, Zapotecas, Tepehuanes, Tihuanacos, Incas, Tarahúmares, Charrúas, los pocos Mayas que aún pululaban por Veraguas y un sin fin más de razas aborígenes que yo no recuerdo, entre tantos clanes de mi extinta raza, todos acudían a conquistar a la bella diosa india... De la Meseta Central y las faldas de su cordillera hasta el río grande de Tárcoles y desembocadura del Pacífico, cima de la cordillera de Talamanca, litoral Pacífico, Guanacaste, Chira e infinidad de lugares cerca de nuestra tribu, o mejor dicho, de la de Ñandubayá, venían grupos compactos de valientes para ver y enamorar a la bella Sol de Oro, cuya hermosura era por todos elogiada y para saber si habría alguna forma de desposarse con ella... Pero el hosco Ñandubayá, ponía una condición que naides lograba realizar... Era más taimado que un sini-weñe (jabalí).

— ¿Y cuál era ésa? ¿Ser valiente cazador, poseer riquezas, ser hermoso y fuerte, rápido como la gacelea, vencer los ríos más caudalosos y las cimas más escarpadas y cubiertas de nieve...?

— No. Nada de eso... Nada de arcos de pejibay, ni flechas de tres varas de longitud con punta tan fina como el aguijón del escarabajo, ni tzipotes (flecha para cazar pájaros) o makur (cerbatana) ni ser experto en tejer sku-kias (redes), ni ser gran pescador, ni ejecutantes virtuosos del teponaztli... Nada de rodelas de cuero de nai (danta), o lanzas o tablillas tejidas de cordeles lustrosos y firmes... Tampoco gargantillas artísticas ni camándulas o joyeles de jade ni plumas vistosas en la cabeza, ni oro ni joyas preciosísimas... No... Nada de esto... El solo decía con voz tonante y mirándolos con ojos de acero negro, mientras dejaba el báculo a un lado y se cruzaba de brazos: “La condición que pido a vosotros para que merezcáis la mano de mi hija, Sol de Oro (y lo digo tanto para el más humilde como para el más portentoso), para el que corre como la flecha como para el que renguea en su bastón, para el doncel y para el anciano, la condición es que me traigáis una orquídea igual a Sol de Oro...”

— No entiendo —repuse extrañado, ya que desconocía una guaria de esta especie color del oro...

— Sí —explicó Yamaraté— al que traiga una guaria dorada.

— Yo nunca he sabido que existan esas orquídeas —repuse dubitativamente— aunque entiendo algo de botánica y he leído muchos textos referentes a la flora no solamente costarricense, sino del mundo entero, jamás he visto en los libros que esa variedad exista...

— Pues nosotros, los del tiempo, tampoco... Mis antepasados conocieron el algodón, de flores y fruta y de tallo leñoso con que tejían sus mantas o ponchos y las bandas para sus cinturas, fajas y bragas y cortinitas; conocieron el cacao, el maíz, el frijol y luego papas, creo que en 1808, el café que trajo el gobernador don Tomás Acosta, y muchos granos nuevos y flores importadas por la gente de la Colonia, pero la guaria dorada o de oro... esa no...

— La orquídea que copia del crepúsculo su áureo pincelaje, no existe... Las he visto en infinidad de colores, matices y formas en cromos y magazines, pero la de color dorado, esa no... Jamás he oído de ella...


Guaria Dorada o Sol de Oro

Por Mario Acevedo Arrasty


Ñor Pancho Yamaraté, sacó de su bolsillo el cigarrillo que le había obsequiado y taqueó nuevamente su cachimba, la prendió y tragó frente, se arrugó, y su nariz aquilina y pómulos salientes, me parecieron más pronunciados, más indígenas. 

Absorbiendo el humo sensualmente, prosiguió la narración:

— Pues así fue entonces... "Naides podía conseguir esa guaria en ninguna parte, y Sol de Oro se mantuvo soltera. Tiempos después, me contaba mi padre, de acuerdo a lo que sus "agüelos" le "deceivan", que llegó ese Colombo, con gentes de barbas de todos colores: rojas, negras, rubias y blancas... Eran los Sikua-Pa-Seruna (extranjeros malos).

— Sí. Eso fue, según la Historia en 1502. Después llegaron otros... Diego de Nicuesa... Alonso de Ojeda... Gil González Dávila y Pedradiar... Andrés Niño... Perafán de Rivera... Fray Pablo de Rebullida quien fue asesinado en 1702, en Talamanca.

— Es cierto... Mi padre me contaba, que pasando hambres y las de Caín, saqueaban los víveres a los indios... Además, les gustaba a mis paisanas... Porque en Costa Rica, hasta las indias son bonitas... Tal vez sea el clima o la naturaleza que las hace así... Aun que cuando esto, ya hacía tiempo que había sucedido lo de Sol de Oro... Esto fue poco después de la fundación de Cartago y cuando andaba un señó "Garabito" dándole qué hacer a los españoles... Pues como le iba diciendo, mis antepasados me contaban que esas gentes jamás se bañaban como nosotros y que se asustaron al ver a las indianas bañándose desnudas con tan hermosos y sanos cuerpos y sin malicia, en las cristalinas aguas de los manantiales y quebradas. Nosotros vivíamos sanos y robustos pero apenas llegaron los caras pálidas, "prencipiaron" las enfermedades... Según "deceivan", olían mal, y sus alientos "traivan" la enfermedad que da la muerte y la peste que da locura...

— Esto es veraz— asentí —Ciertos historiadores que no andan con tapadas, han escrito algo de eso. Ellos trajeron las pestes a las Américas... Los europeos, de costumbres distintas y dados a la molicie, la holgazanería y el alcohol eran propagadores de enfermedades virulentas. No digamos que todos ellos, no; pero en su mayoría eran seres dados a la libídine y de mezcolanza mora...

— Ya ve Ud. entonces que yo no miento... Mis antepasados nunca supieron lo que era mentir ni hurtar. Eso lo aprendieron luego de ellos que según "deceivan", eran en su mayoría maleantes... Con las epidemias "trujeron" los vicios y la maña de quitarle las mujeres a los indios (sus tierras, sus oros y "tuitico" lo que les pudiera servir a ellos... Pero... Ya me aparté de nuevo de la leyenda.

— Sí... es cierto... Sigamos con cabellos de oro, o Sol de Oro y con la guaria dorada, que creo se hace tarde.

Saqué mi cronómetro y examiné la hora: la aguja marcaba las cinco. Ña Ricasia salió nuevamente y fumaba un puro "chilcagre", pero con la brasa entre la boca. Se acomodó en un banquillo y atentamente siguió el cauce de la conversación.

— Pues le iba diciendo —de los indianos ninguna pudo jamás encontrar esa guaria dorada u orquídea... Anduvieron por lo más alto del "Du-Chi" (Chirripó) por los termales del "Dedje-Batá", donde el "nai" suele llegar a calentarse; revisaron las moles graníticas de esas altas cumbres, hallando esmeraldas y diamantes; subieron por el Irazú, Poás, Turrialba, Cerro de la Muerte, Tenorio, Cerro Pelado, Tilarán, Volcán Chiriquí, por las selvas del Brasil, y en fin, para no agotarlo con la historia, por todos los rincones imaginables donde pudiera haber existido una parásita y por los parajes más intrincados de la tierra indoamericana... Pero todo fue en vano. Trajeron oro, mucho oro; pieles más suaves que la caricia de una novia virgen enamorada, tejidos más artísticos que los arabescos que forman las nubes sopladas por el viento y piedras más preciosas que los ojos de una madre que mira a su primer hijo, a la luz de la luna... Pero "Ñandubayá" les respondía inquebrantable: "Mi hija será para el que me traiga la guaria dorada... Esas riquezas para mí nada valen... Tengo montones de todo eso... Ved y traedme la guaria dorada... Wep-manetene" (hombre ágil).

— Era inexorable ese cacique... Por lo visto deseaba deshacerse de su bella génita. insinué mirando a ña Ricasia, que, con la brasa del puro dentro de la boca que masticaba con fruición, echaba humo por la nariz, repentinamente se recordó de la taza y el platillo vacío, llevándoselo enseguida para adentro y apareciendo de nuevo para mantener su posición anterior.

— Nada pudieron hacer mis conterráneos...

— ¿Y entonces? —Interrogué apremiante y sintiendo nuevamente el influjo magnético y encantado de la Piedra Blanca, sagrada para aquella raza ya ida para siempre y convertida en polvo hoy en día.

— Nada... Pasaron cincuenta años y "naides" había logrado la mano de la bella Sol de Oro...

— Pero ya estaría marchitada por los años...

— ¡Nunca!... Estaba más joven y hermosa; era inmarcesible, inmortal...! ¿No le dije y redije que era una diosa...? Ya "ñandubayá" miraba para el suelo encorvado y apenas se podía sostener tembeleque en su bastón o báculo negro de madera finísima, de más de metro y medio de largo, y en cuyo extremo superior estaba tallada la efigie de Sol de Oro, y de cuya cabeza partía una sierpe enroscada al mango, que remataba en un cascabel china... Ya "ñandubayá" era un viejo pero su recio e indómito carácter no había amainado... Era un cacique de raza... Cuando caminaba, me "deceivan" mis padres, le sonaban las cuentas, colmillos y granates de su luengo collar que pendía de su cuello, y en el cual tenía un adorno del más puro oro de un águila de tres cabezas...

— Era algo así como un cancerbero...

— Yo no sé lo que es eso, pero lo cierto es que, aunque arrastraba sus pies, su genio bélico e irascible, no amainaba... Y Sol de Oro estaba cada día más fresca, como las piedras milenarias cuando las abrillanta el rocío... Y lo "deceiva" la leyenda y los "usekras": ñandubay moriría hasta que se casara Sol de Oro...

— Muy interesante...

— Pero como le "deceiva", luego vinieron los españoles, los que, venciendo mil penalidades, llegaron a Cartago... Como eran ambiciosos, aventureros y temerarios, divisaron desde el Ochomogo y la Carpintera estos vergeles del sur y hasta aquí llegaron, y enterándose de lo de la rubia india, la vieron y quedaron deslumbrados y sus anhelos lascivos despertaron por poseerla a toda costa... Vieron incrédulos con sus propios ojos, la beldad más blanca que la nieve, de ojos grandes y negros como la noche sin estrellas, y los cabellos igual al rico metal de los ríos Madrigal, Carate, Río Claro, por la bahía de Drake o de los afluentes del río La Vaca, Caracolillos, y Cuervillos en la región de Chiriquí... Luego su cuerpo... Ni qué Venus de Milo... Yo nunca la he visto, qué caray, pero he leído de ella y mirado sus "ritratos" en las revistas de colores extranjeras... pues Sol de Oro era una verdadera diosa, comparada con esa mujer que le faltaban los brazos... Ella los tenía y bien bonitos y torneados...

— Ud se refiere a la Venus del escultor griego... Aún no se sabe el motivo del cercenamiento de esos brazos, y cree que fue Práxiteles su creador... No estoy muy enterado de este pasaje helénico.

Pues Sol de Oro era lindísima —intervino ña Ricasia, quien había guardado hasta el momento, silencio beatífico— Algo mejor que esa Venus de Milo... La historia nuestra, que no miente, así lo dice.

— Por sus palabras y elogios me lo figuro —sonreí incrédulo— Tiene que haber sido algo excepcional.


Fuentes:

Reseña introductoria

Zavaleta, J. A. (4 de enero de 1954). Retorno al folk-lore. La Prensa Libre, 2. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201954/La%20Prensa%20Libre_4%20ene%201954_Parte1.pdf


Entregas de la leyenda

Parte I Acevedo Arrasty, M. (22 de enero de 1954). Guaria Dorada o Sol de Oro. La Prensa Libre, 3. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201954/La%20Prensa%20Libre_22%20ene%201954_Parte1.pdf

Parte II Acevedo Arrasty, M. (9 de febrero de 1954). Guaria Dorada o Sol de Oro. La Prensa Libre, 3. https://www.sinabi.go.cr/ver/biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201954/La%20Prensa%20Libre_9%20feb%201954_Parte1.pdf

Parte III Acevedo Arrasty, M. (13 de febrero de 1954). Guaria Dorada o Sol de Oro. La Prensa Libre, 6. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201954/La%20Prensa%20Libre_13%20feb%201954_Parte1.pdf

Parte IV Acevedo Arrasty, M. (5 de marzo de 1954). Guaria Dorada o Sol de Oro. La Prensa Libre, 6. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201954/La%20Prensa%20Libre_5%20mar%201954_Parte1.pdf

Parte V Acevedo Arrasty, M. (22 de marzo de 1954). Guaria Dorada o Sol de Oro. La Prensa Libre, 19. https://www.sinabi.go.cr/ver//biblioteca%20digital/periodicos/la%20prensa%20libre/la%20prensa%20libre%201954/La%20Prensa%20Libre_22%20mar%201954_Parte3.pdf


Comments

Popular posts from this blog

La dama de negro y la dama de blanco del Cementerio Obrero

Los gritos de la montaña

Los Alàrbulu