Dos leyendas sobre garzas
Díaz Cabrera, R. (2005). La guerra fue siempre un recurso usado para la dominación de los pueblos [Ilustración]. En A. Herrera Villalobos, Al reencuentro con los ancestros (p. 48). Editorial ICER.
PLAYA DE LA GARZA
Garza, o la Playa de la Garza, es un lugar del litoral en la región de Nicoya. Allí se ha establecido un reciente y pequeño poblado cuyas gentes viven, principalmente, de la explotación de preciosos árboles maderables, como cedros, pochotes, cocobolas, y caobas. A propósito de su nombre se refiere la siguiente leyenda:
Mucho antes de que los hombres blancos y barbudos hubieran aparecido por las playas que baña el Golfo de Nicoya, ese zafiro inmenso que se engasta en la corona de cerros amatista y esmeralda que lo circundan, Diriá, el belicoso Cacique, envió una numerosa expedición de guerreros a combatir a las tribus de Nosara.
Como rápidos y silenciosos coyotes los diriangeños cruzaron por entre tupidos matorrales; atravesaron ríos, nadando con las armas a la espalda; se abrieron trillos de danta bajo las cúpulas de los altos espaveles del bosque. Al fin de dos jornadas tuvieron a la vista una de las rancherías de las gentes de Nosara.
Unos cazadores nosareños descubrieron la presencia de sus enemigos y corrieron a avisar a los habitantes de los ranchos. Resonó el caracol, llenando el ámbito de zozobra. Tras de incendiar sus palenques, hombres, mujeres y niños, se internaron en las montañas vecinas a fin de escapar a sus invasores y en seguida tener tiempo para combatirlos.
La lucha fue sangrienta. Durante varios días flechas y hachas de ambos bandos combatientes no descansaron, clavándose en pechos, o rompiendo cabezas coronadas con plumas de lora.
Perdiendo terreno los nosareños se iban replegando hacia la costa, sus bravos tapaliguis no retrocedían sin ofrecer tenaz resistencia a los diriangeños. Sin embargo, la suerte de la lucha parecía favorecer a los súbditos del gran Cacique Diriá.
A pesar del coraje de sus hombres los nosareños iban a ser vencidos: cayó su jefe; los mejores guerreros fueron despedazados a manos de sus rivales; el pánico empezaba a cundir en las filas de sus flecheros.
En tan apurado trance apareció una mujer que se puso al frente de los combatientes. Era una mujer hermosa y ágil, cuya piel tenía el color dorado del sol poniente. Volaba de uno a otro lugar, animando a los guerreros; hasta los mismos heridos recobraban ánimos y fuerzas, al verla tan animosa, y tan gallarda, y tan dispuesta a la lucha. De tal modo los animó y los guió que, al fin, los nosareños lograron poner en fuga a sus invasores.
Cuando al caer la tarde del último día de batalla los vencedores comenzaron a recoger a sus muertos y a curar a sus heridos que yacían sobre la arena de la playa, vieron que la doncella que los habían salvado de la derrota estaba inmóvil, cerca del agua, desangrándose por una herida abierta en el pecho; a su lado una esbelta garza morena, con el plumaje teñido en sangre, parecía acompañarla.
Murió la doncella y la garza desplegó sus alas en vuelo majestuoso sobre aquella playa, la Playa de La Garza, y lentamente se perdió en una lejanía de fuego y de azul espléndidos.
Fuente:
Sáenz, C. L. (1972). Playa de la Garza. En Las semillas de nuestro rey: Leyendas de los aborígenes de Costa Rica (pp. 69-71). Imprenta Las Américas Ltda.
EL PECADO DE LA DANZARINA o La Garza Blanca de Ochomogo
Leyenda inédita
Me viene en suponer que no faltará algún erudito que se detenga en detalles para buscar la razón por la cual esta leyenda haya permanecido ignorada para el vulgo hasta 1950. La conocí un buen día de setiembre de 1909, mañana esplendorosa con paisaje de luz y de color y cielo despejado hasta lo infinito; la brisa había calmado para que las nubes reposaran en la cima del Irazú. Fanfarria de juventud cerca de medio centenar de estudiantes del Colegio de San Luis Gonzaga avanzábamos por aledaños al nor-oeste de la ciudad de las brumas, en alegre algarabía, siguiendo al sabio Doctor don Gustavo Michaud, nuestro Profesor de Ciencias de grata memoria, a quien debemos conocimientos de botánica y amor para la naturaleza. Vivíamos el día consagrado al paseo anual y nuestra ruta era hacia La Yerbabuena al norte de Tres Ríos. Teníamos que pasar el pequeño grupo de franca camaradería por la iglesita de Quircot y cuando estuvimos frente a ella surgió en nuestra mente el temario de lecciones de historia, costumbres aborígenes, era colonial, anecdotario de la conquista, organización institucional, discurriendo el buen humor y la fantasía estudiantil en franca tropelía, evocando personajes y painando broma, como el caballo de la leyenda que irrumpe en la ciudad de los muertos; nos pareció entonces que extramuros repercutía a un amor y ruido de espadas en mérito de la gallardía de los bizarros españoles.
Cada uno de nosotros evocó un personaje español o aborigen, y así nuestra charla alegre y decidora se oyó en aquellos apacibles contornos como músico de cencerro, atrayendo a hurtadillas las miradas de los sosegados moradores. No faltaron unas plumas de ave para que alguno interpretara al Cacique Garabito al tiempo que seguíamos nuestra marcha por la vía férrea, haciendo de actualidad el ruido de los tamboritos con algún tarro y la chirimía con pitos de ayote, el fuego sagrado de las piras, el baile típico de las danzarinas, el Capitán Pereira, y Garabito pleno de ansiedad por encontrar a su compañera Biriteca raptada por los españoles con sus damas de compañía. Nuestro buen humor se vio interrumpido por la presencia de un inesperado transeúnte que apareció saliendo de un predio; semblante octogenario de bien marcados rasgos autóctonos, con soltura se sumó al grupo y nos dijo: "Ustedes se divierten olvidando las penas y las tristezas de nuestros mayores; fueron lo que fueron por haber crecido en la ignorancia; ahora son lo que son creciendo en este siglo que llaman de la luz, pero aun así no tiene más fidelidad y más virtud que los otros". Había con sus palabras nostalgia de tiempos lejanos, en el rictus nervioso la amargura del vencido, mixtificación de principios en sus anécdotas, tara hereditaria escanciada en las fuentes de la superstición. Nos trajo a cuento anécdotas adobadas con bastante fantasía, pero siempre en mérito de la virtud de la mujer: así supimos de la belleza y hermosura de las danzarinas que con ocasión de holocaustos bailaban al son de música arcaica en torno del fuego sagrado, bellezas que poblaron aquellos contornos cual nereidas broncíneas, respetadas siempre a pesar del derroche de donaire y hermosura. De una de ellas, la más bella entres las bellas, de cuerpo esbelto en invencible juventud, de ojos negros con fulgores de estrella matutina, de genio alegre dibujando eternas sonrisas, de esta beldad de tantos atractivos se produce la leyenda cuando el inesperado compañero nos dice: "Siguiendo para el poniente les enseñaré lo que le sucedió a una de las danzarinas por haber sido desleal; dejó la tribu y se vino en busca de Biriteca". ¿Quien era nuestro acompañante y como se llamaba? Talvez aquella mañana la habríamos averiguado, pero a decir verdad las leyendas no se fundamentan en sustantivos propios, ellas representan valor intrínseco de la tradición.
Vamos llegando a la planicie del Alto de Ochomogo, a la vera siniestra hay un estancamiento de aguas conocido por Laguna de Ochomogo. Desde tiempos inmemoriales vemos allí en imperturbable recogimiento a la orilla de esta laguna una garza blanca, que mira siempre hacia el espejo de las aguas; nada la hace moverse, ni el silbido de las locomotoras que con frecuencia pasan por la vía férrea inmediata; es una garza solitaria que los viajeros contemplan en el mismo sitio y cuando alguien ha tratado de aproximarse emprende el vuelo hacia el bosquecillo inmediato. Nuestro acompañante nos detiene el tiempo que señala la garza y exclama: Era la más bella y hermosa de las danzarinas, pura como el agua cristalina, que se dejó enamorar de un hombre blanco y en el fondo de esas aguas vino a ocultar el fruto de su pecado, por lo cual y como castigo se convirtió en garza hasta que la perdonen sus mayores". Contemplamos el sugestivo cuadro que antes resultara inadvertido sin el incentivo de la tradición, de ese sabor íntimo de las cosas regionales. Asoma en las palabras el encono contra el advenedizo; nos asisten sentimientos de ternura propios de la edad; nos adentramos en la pena de aquella flor segada en plena juventud; hay compasión en nuestros corazones para la desgracia personificada en la danzarina; nos parece oir una vocecita angelical en agudo padecimiento; percibimos en contraste con la pena, el canto de las driadas que jubilosas recorren el bosquecillo próximo; música celestial de ninfas tempraneras recogiendo vistosa pedrería, esparcida por el rocío en raudo vuelo ahuyentado por el calor solar; respiramos hondo, muy hondo, y salimos de nuestra meditación cuando la voz autorizada viene a decirnos: sigamos.
En nuestros días el progreso y la civilización han sentado sus reales en aquellos predios que antaño fueron la laguna; también la garza blanca tendió su vuelo para ocultarse, hacia lo infinito, logrando tal vez con el término de su purgatorio el perdón de sus mayores. Pero desde los fundamentos de su existencia forjados por la fantasía popular hasta el punto que ocupa en el horizonte, los motivos de la leyenda consagran una concepción edificante para la virtud de la mujer, en la cual juega papel preponderante el carácter de nuestros aborígenes.
El Vasco Arrieta
Fuente: Arrieta, E. V. [El Vasco Arrieta]. (23 de diciembre de 1950). EL PECADO DE LA DANZARINA o La Garza Blanca de Ochomogo: Leyenda inédita. La Prensa Libre, 4. El Pecado de la Danzarina

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