Apunte un muñeco (refrán)
Tradiciones Costarricenses: Apunte un muñeco
Era el año 1830, tiempo feliz que muchos echan de menos. Nuestra ondina del Pacífico, el bello puerto de Puntarenas, era entonces cualquier cosa: todo se reducía á un par de manzanas, con algunos ranchos de paja la cubierta y emparedados de estacas.
Se hablaba mucho por entonces de entierros y huacas en la isla de “El Caño”, huacas formadas por los indios Güetares. Llegan esas noticias á oídos de un inglés, vecino de Cartago, de cuyo nombre no recuerdo; y sólo sé de él que era hombre de gran imaginación, merced á la cual forjó leyendas y tradiciones á maravilla de modo tal que el vellocino de oro se quedaba tamañito. Con esto logró contagiar de su fiebre á tres individuos de la muy noble y leal ciudad.
Los viajes entre el interior y las costas eran entonces, no sólo costosos sino también difíciles. Apenas si era dable —guardando mucha prudencia— hacerlos al estilo de Cristo; es decir, á lomo de burro. Pero tan embuídos en la esperanza de ser cresos, estaban mis cuatro hombres, que á toda molestia se allanaron, toda dificultad vencieron, y á todo evento se lanzaron, lo mejor aprovisionados y uncidos que les fué posible.
Cruzaron caminos, que de tales solo tenían el nombre; y al fin llegaron á Puntarenas soñando siempre, eso sí, con los muñecos y figuras de oro de que pronto serían poseedores. Contaban que en llegando al Puerto no sería más que embarcarse, desembarcar en El Caño, tomar las codiciadas figuras y volverse por donde mismo fueron. Pero antes de que tal pudieran realizar, agotaron todos sus recursos, concluyeron con todas sus provisiones, llegando el momento de que carecieran de todo elemento para vivir.
Existía en Puerto Viejo, ya dicho un señor cartaginés, don Martín Quirós, sujeto honorabilísimo como digno hijo de la vieja metrópoli, quien ejercía el comercio en una mala hostería, de acuerdo con sus pocos recursos y la insignificante condición del lugar. Allá fué á pasar el Jefe expedicionario, quien expuso á don Martín de la situación y sus propósitos.
Fuera por humanidad ó por interés al negocio, es lo cierto que convino don Martín en dar provisiones á cambio de figuras de oro de las que trajeran de El Caño, las cuales figuras describía el inglés en concepto de tamaño y ley como si las estuviera viendo.
Cerrado el negocio se tomaron las provisiones necesarias; y don Martín que, ó no sabía escribir ó quería presentar geroglíficamente lo que le pertenecería á cambio de lo que daba, pintó un muñeco.
Concluídas aquellas provisiones el inglés volvió á casa de don Martín y le dijo: “don Martín, apunte otro muñeco”, y don Martín pintó lo que se le indicaba, dando antes las provisiones.
Muchas veces volvió mi hombre con el mismo estribillo: “don Martín, apunte otro muñeco.” Y tantos apuntó el bueno de don Martín, que al cabo de estas aficiones por la pintura las bodegas y botellas le quedaron vacías.
Por desgracia para el honorable señor los muñecos nunca pasaron de ser pinturas mal hechas, pues no hubo medio de que se convirtieran en de oro macizo de 18 quilates como él esperaba.
Todavía existen personas que recuerdan ésto; y que al abrir algún crédito del cual desconfían dicen: “apunte un muñeco.”
Es lástima que refrán tan gráfico y de tan bella historia se olvide y caiga en desuso; por eso lo recuerdo, tanto más que estamos en un tiempo que aunque no tan feliz como los de 1830, hay que apuntar muñecos y muchos muñecos.
Fuente: Bello, L. N. (21 de febrero de 1903). Tradiciones costarricenses: Apunte un muñeco. La Prensa Libre, pp. 2-3.
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